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Crítica de "Estrany riu": el verano donde todo empieza a cambiar
En su primer largometraje, Jaume Claret Muxart convierte un viaje familiar por el Danubio en una exploración delicada sobre el despertar del deseo, la memoria y la búsqueda de una identidad propia.
Hay un momento en la vida en que el mundo deja de ser el mismo. No sucede de golpe ni responde a un acontecimiento extraordinario. Ocurre casi sin que uno lo advierta: una mirada se sostiene unos segundos más de lo habitual, un cuerpo despierta una curiosidad desconocida, el verano parece durar para siempre y la familia, ese refugio que hasta entonces parecía inalterable, empieza a sentirse distinta. Estrany riu (2025), la ópera prima de Jaume Claret Muxart, captura precisamente ese instante. No el de la adolescencia entendida como conflicto, sino el del nacimiento de una nueva manera de mirar.
Hay películas que necesitan explicar constantemente lo que sienten sus personajes. Esta hace exactamente lo contrario. Confía en las imágenes, en los silencios y en la capacidad del espectador para completar aquello que nunca termina de decirse. Esa decisión la convierte en una obra de una delicadeza poco frecuente.
Dídac (Jan Monter) tiene dieciséis años y recorre las orillas del Danubio en bicicleta junto a su familia durante las vacaciones. Su madre, actriz, prepara un nuevo proyecto; su padre aprovecha el viaje para visitar edificios que alimentan su pasión por la arquitectura; sus hermanos pequeños viven esos días con la despreocupación de quienes todavía permanecen en la infancia. Todo cambia cuando un muchacho emerge de las aguas del río. Su aparición, casi fantasmal, despierta en Dídac un deseo que todavía no sabe nombrar y transforma silenciosamente la forma en que observa el mundo.
Lo extraordinario de Estrany riu es que nunca convierte ese descubrimiento en un conflicto ni en una explicación psicológica. Claret Muxart entiende que el deseo aparece antes que las palabras. Primero se manifiesta como una intuición, una presencia que altera el cuerpo, modifica la percepción del tiempo y obliga a mirar aquello que hasta entonces había permanecido invisible. El joven desconocido funciona menos como un personaje que como la materialización de ese primer estremecimiento que anuncia el final de la infancia.
Toda la película parece construida alrededor de esa idea. El agua, omnipresente desde el primer plano, no solo organiza el recorrido físico de los personajes; también refleja el estado emocional de Dídac. El río cambia constantemente sin dejar de ser el mismo, exactamente igual que el protagonista. Hay una belleza casi hipnótica en esa correspondencia entre paisaje y emoción, una manera de filmar la naturaleza que nunca se siente ornamental porque siempre expresa algo que el personaje todavía no puede verbalizar.
Rodada en 16 mm, la fotografía posee una textura que convierte cada plano en un recuerdo antes incluso de que el viaje termine. No hay aquí una búsqueda de la imagen perfecta, sino de la imagen vivida. La luz del verano, el viento sobre los árboles, el movimiento del agua o la arquitectura que el padre contempla durante el recorrido forman parte del mismo universo sensible. Todo parece existir para acompañar la transformación interior del protagonista.
Pero Estrany riu no habla únicamente del despertar del deseo. También observa con enorme precisión esos últimos viajes familiares en los que uno todavía pertenece al grupo, aunque empieza a sentir la necesidad de separarse. Claret Muxart encuentra una verdad conmovedora en los pequeños gestos cotidianos: una discusión entre hermanos, una conversación interrumpida, una comida compartida o el simple hecho de pedalear juntos durante kilómetros. Son escenas aparentemente insignificantes que, vistas con la distancia del tiempo, terminan convirtiéndose en los recuerdos que más permanecen.
Esa capacidad para encontrar emoción en lo cotidiano constituye la mayor virtud de la película. No necesita dramatizar la adolescencia porque comprende que crecer ya es, en sí mismo, un acontecimiento extraordinario.
Su apuesta, naturalmente, exige paciencia. El relato avanza con un ritmo contemplativo y muchas veces privilegia la atmósfera por encima del conflicto. Hay momentos en que el guion parece resistirse a desarrollar algunas ideas que apenas insinúa y cierta reiteración visual puede generar la sensación de que la historia permanece detenida. Sin embargo, incluso en esos pasajes, la película conserva intacta su coherencia. Nunca traiciona la mirada con la que fue concebida.
En tiempos donde gran parte del cine parece empeñado en explicarlo todo, Estrany riu reivindica el misterio de las emociones que todavía no encuentran nombre. Jaume Claret Muxart firma una primera película profundamente personal, tierna y luminosa, que observa la adolescencia sin nostalgia ni solemnidad. Lo hace desde un lugar mucho más difícil: el de la memoria.
Porque, en el fondo, todos conservamos un verano parecido a este. Un verano en el que el agua parecía más transparente, los días infinitos y el futuro apenas una promesa. Un verano en el que todavía no sabíamos quiénes llegaríamos a ser, pero intuíamos, por primera vez, que ya nunca volveríamos a ser los mismos.