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Crítica de "Secreto en la montaña": Vicuña y Lamothe hacen suyo un clásico del cine

La adaptación teatral dirigida por Javier Daulte recupera el relato de Annie Proulx con una puesta que privilegia el artificio escénico y encuentra en Benjamín Vicuña y Esteban Lamothe su principal fortaleza.

Crítica de "Secreto en la montaña": Vicuña y Lamothe hacen suyo un clásico del cine
sábado 01 de agosto de 2026

Hay obras que quedan asociadas para siempre a una película. Secreto en la montaña es una de ellas. La adaptación cinematográfica que Ang Lee dirigió en 2005 convirtió el relato de Annie Proulx en un clásico contemporáneo y dejó dos interpretaciones difíciles de olvidar. Llevar esa historia al teatro implica, inevitablemente, convivir con ese recuerdo. La versión dirigida por Javier Daulte entiende esa dificultad y, en lugar de competir con el cine, elige apoyarse en aquello que el teatro puede ofrecer: la presencia física de los actores y la cercanía con el espectador.

La historia sigue siendo la misma. A comienzos de los años sesenta, en el interior profundo de Estados Unidos, Jack Twist y Ennis del Mar aceptan un trabajo temporal cuidando ovejas en una montaña aislada. Son dos hombres atravesados por el ideal de masculinidad propio de la época: trabajadores, silenciosos y convencidos de que su futuro consiste en casarse, tener hijos y seguir el camino esperado. El vínculo que nace entre ellos rompe ese esquema y convierte el deseo en un territorio donde conviven la felicidad, la culpa y el miedo.

Lo interesante es que la obra nunca presenta ese conflicto desde una mirada contemporánea. No juzga a sus personajes ni intenta convertirlos en símbolos. Los muestra condicionados por un contexto donde cualquier desviación del modelo masculino dominante podía pagarse con el rechazo, la violencia o la muerte. Esa presión social atraviesa toda la función y explica muchas de las decisiones que hoy podrían parecer incomprensibles.

Daulte evita reconstruir el naturalismo de la película y apuesta por una puesta donde el artificio permanece siempre a la vista. Las rocas, la carpa, el mobiliario y los cambios de escena funcionan como signos teatrales antes que como intentos de reproducir la inmensidad de Wyoming. Esa decisión genera resultados desiguales. Hay momentos donde esa síntesis concentra la atención sobre los personajes y otros en los que la maquinaria escénica se vuelve demasiado evidente, como si la construcción visual reclamara un protagonismo que el drama no necesita.

La emoción aparece cuando la puesta deja espacio a sus protagonistas. Benjamín Vicuña encuentra en Jack un equilibrio entre la impulsividad y la vulnerabilidad. Es un hombre que todavía cree posible escapar de la vida que otros imaginaron para él. Esteban Lamothe, en cambio, compone un Ennis contenido hasta el extremo. Habla poco, evita mostrar lo que siente y parece cargar con un temor aprendido mucho antes de conocer a Jack. Esa diferencia de temperamentos sostiene buena parte del conflicto y evita que la relación caiga en lugares comunes.

Lo mejor del espectáculo surge precisamente del encuentro entre ambos. No necesitan exagerar las escenas de intimidad para construir una relación creíble. Alcanzan pequeños gestos, silencios prolongados o miradas que permanecen unos segundos más de lo esperado para transmitir la dimensión afectiva de un vínculo condenado desde el comienzo a existir en secreto. Allí la obra encuentra una verdad que trasciende cualquier comparación con la película.

También resulta acertada la decisión de no convertir el relato en una reivindicación explícita ni en un manifiesto sobre la diversidad. La tragedia de Secreto en la montaña no nace únicamente de la imposibilidad de vivir una relación homosexual en la América rural de los años sesenta. Nace, sobre todo, del costo de sostener durante años una vida construida para satisfacer las expectativas de los demás. En ese sentido, la obra habla menos sobre orientación sexual que sobre el peso de los mandatos y la dificultad de escapar de ellos.

La adaptación teatral quizá no alcance la potencia visual que Ang Lee encontró en los paisajes abiertos de Wyoming, pero tampoco parece buscarlo. Su mayor virtud reside en confiar en la palabra, en los silencios y en dos actores que consiguen apropiarse de personajes inevitablemente asociados a otras interpretaciones. Cuando la puesta deja de exhibir sus mecanismos y permite que la relación entre Jack y Ennis ocupe el centro de la escena, aparece una emoción genuina. Es allí donde Secreto en la montaña recuerda por qué, casi treinta años después de su publicación, sigue siendo una de las historias de amor más dolorosas y perdurables de la ficción contemporánea.

7.0
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