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Crítica de "Furia": Elizabeth Meriwether y la delgada línea entre la justicia y la venganza
La nueva miniserie creada por Elizabeth Meriwether toma como punto de partida la película "Viuda negra" para construir un duelo entre una agente del FBI y una asesina serial unidas por un pasado traumático. Aunque el discurso termina imponiéndose sobre algunos personajes, las interpretaciones de Emmy Rossum y Lola Petticrew sostienen un thriller psicológico que encuentra sus mejores momentos en la ambigüedad.
Durante buena parte de sus ocho episodios, Furia (Furious, 2026), basada en Viuda negra (Black Widow, Bob Rafelson, 1987), parece más preocupada por sostener una tesis que por desarrollar su conflicto. Sin embargo, cuando Elizabeth Meriwether (Morir de placer, The Dropout) deja que los personajes hablen por sí mismos, el thriller encuentra una densidad que trasciende el policial convencional.
Alice Black (Emmy Rossum) persigue a una asesina serial que deja un reguero de hombres muertos en Nueva York. La serie, sin embargo, revela demasiado pronto la identidad de la homicida y sus motivaciones, desplazando el interés hacia otro terreno: el vínculo que se establece entre la investigadora y la mujer a la que intenta detener. Cuanto más avanza la investigación, más evidente resulta que ambas comparten heridas, obsesiones y una relación conflictiva con la idea de justicia.
Meriwether evita convertir a Alice en la típica agente brillante e infalible. La presenta exhausta, obsesiva y emocionalmente erosionada por un pasado que nunca termina de quedar atrás. Emmy Rossum sostiene esa fragilidad con una interpretación contenida, donde el desgaste se expresa más en los silencios y en los pequeños gestos que en los estallidos dramáticos.
Frente a ella aparece Catherine (Lola Petticrew), una asesina que nunca responde al modelo clásico del psicópata carismático. Su violencia nace de una convicción inquebrantable antes que del placer por matar. Esa calma con la que ejecuta cada crimen termina siendo mucho más perturbadora que la brutalidad de varias escenas.
Es justamente en ese contrapunto donde Furia encuentra sus mejores pasajes. Más que enfrentar a una detective con una criminal, la serie contrapone dos respuestas posibles frente a un mismo trauma: una todavía intenta sostenerse dentro de la ley; la otra hace tiempo decidió reemplazarla por su propia idea de justicia.
El equilibrio se resiente cuando los personajes empiezan a funcionar como vehículos de una postura. Muchos de los hombres que rodean a las protagonistas quedan definidos por un mismo patrón de conducta y esa falta de matices reduce la complejidad del conflicto. El thriller pierde parte de la ambigüedad que había construido y la confrontación moral se vuelve más previsible.
Paradójicamente, la serie recupera toda su fuerza en los momentos más cotidianos. Una conversación, un silencio prolongado o una escena doméstica generan una inquietud mucho más persistente que la violencia explícita. Allí Meriwether demuestra que no necesita insistir sobre sus ideas para hacerlas visibles.
Furia no pretende descubrir quién mata, sino explorar qué ocurre cuando el deseo de justicia comienza a confundirse con la necesidad de reparación. Aunque su tendencia a enfatizar el discurso le resta sutileza en varios pasajes, el sólido trabajo de Emmy Rossum y Lola Petticrew sostiene un thriller psicológico que encuentra su mayor interés en las zonas grises de sus protagonistas, más que en la resolución del caso.