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Crítica de "Padre Mugica a la hora de la luz": la memoria como territorio político
El documental de Walter Peña y Nicolás Cuiñas reconstruye la vida y el legado del Padre Carlos Mugica desde testimonios, archivo y memoria barrial.
Padre Mugica a la hora de la luz (2024), dirigido por Walter Peña y Nicolás Cuiñas, recupera la figura de Carlos Mugica desde una estructura ligada al documental periodístico clásico: entrevistas, registros televisivos y material de archivo que dialogan con imágenes actuales del Barrio Mugica, la ex Villa 31 donde el sacerdote desarrolló gran parte de su trabajo pastoral y político. A partir de esa combinación, la película reconstruye el recorrido de Mugica hasta su asesinato, ocurrido el 11 de mayo de 1974 después de celebrar misa en Buenos Aires, mientras sitúa su historia dentro del movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y de un país atravesado por tensiones sociales y disputas ideológicas. Sin embargo, más allá de la cronología, el documental parece impulsado por otra inquietud: preguntarse por qué su figura todavía permanece activa en la memoria colectiva.
Para responder esa pregunta, el documental construye un coro polifónico de voces donde los testimonios funcionan menos como homenaje que como intento de interpretación. Las intervenciones de Adolfo Pérez Esquivel, Marilina Ross, León Gieco, el Padre Pepe Di Paola o Mamerto Menapace permiten observar distintas capas de Mugica: el sacerdote, el militante, el hombre incómodo para ciertos sectores de la Iglesia y también para el poder político. En ese recorrido, la presencia de Víctor Laplace leyendo textos y caminando espacios vinculados a la vida del cura introduce una dimensión sensible que conecta pasado y presente sin necesidad de subrayados. Así, el documental evita transformar a Mugica en una figura congelada dentro del martirio y lo devuelve al terreno de las contradicciones, las discusiones y la acción concreta.
Esa operación encuentra su núcleo en el vínculo entre Mugica y la Villa 31. Allí la película deja de apoyarse exclusivamente en el archivo y comienza a trabajar sobre una memoria que todavía circula en las calles, en los murales y en las voces de quienes continúan viviendo en el barrio. Peña y Cuiñas registran sin caer en la estetización de la pobreza ni en el golpe bajo televisivo. Por el contrario, la cámara observa cómo la figura de Mugica sigue funcionando como referencia política y espiritual dentro de una comunidad marcada por décadas de exclusión. En esos momentos, el documental adquiere otra densidad porque el pasado deja de ser únicamente relato histórico y se transforma en experiencia cotidiana.
Desde lo formal, Padre Mugica a la hora de la luz elige una puesta tradicional y una progresión narrativa lineal. No hay desvíos ensayísticos ni búsquedas experimentales: la película organiza la información con claridad y se inscribe dentro de una tradición del documental político argentino centrada en la recuperación testimonial. Aun así, esa decisión también genera ciertas limitaciones. En algunos pasajes, la acumulación de entrevistas reduce la potencia cinematográfica del material y acerca el relato a un tono institucional. Pero incluso allí aparece una tensión interesante cuando el film conecta las ideas de Mugica con discusiones actuales sobre desigualdad, representación política y el lugar de la Iglesia frente a la crisis social.
Más que construir una figura heroica, Padre Mugica a la hora de la luz intenta pensar cómo sobrevive una forma de compromiso colectivo en una época dominada por el individualismo. Su principal hallazgo está en desplazar la idea del mártir aislado para mostrar a Mugica como parte de una red comunitaria, religiosa y política que todavía sigue activa. Sin modificar las formas clásicas del género, Peña y Cuiñas encuentran en esa persistencia una manera de hablar no solo del pasado argentino, sino también de un presente donde las preguntas sobre pobreza, fe y justicia social continúan abiertas.