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Crítica de "El aspirante": el ritual que convierte víctimas en verdugos
"El aspirante", de Juan Gautier, utiliza las novatadas universitarias para explorar cómo la obediencia, el deseo de pertenecer y la masculinidad sostienen relaciones de poder que trascienden el ámbito académico.
Las películas sobre novatadas suelen concentrarse en el exceso. Buscan el episodio más humillante, la agresión más brutal o el momento en que la violencia estalla de manera irreversible. El aspirante (2024), de Juan Gautier, toma otro camino. Su interés no está en el daño físico, sino en el mecanismo que lleva a una persona a aceptar reglas que jamás admitiría fuera de ese contexto. La película desplaza el foco de la violencia visible hacia las condiciones que la hacen posible y muestra cómo la humillación puede presentarse como un rito de integración.
La historia sigue a Carlos y Dani durante sus primeras horas en una residencia universitaria. Ambos llegan con la expectativa de iniciar una nueva etapa y se encuentran con una jerarquía que funciona según códigos propios. Los veteranos hablan de compañerismo, tradición y pertenencia; todo parece responder a un juego compartido cuyas reglas nadie cuestiona. Sin embargo, a medida que avanza la jornada, ese discurso revela su verdadera función: legitimar una relación donde unos deciden sobre el tiempo, el cuerpo y la voluntad de otros.
La película encuentra ahí su principal conflicto. Gautier evita explicar el comportamiento de los protagonistas mediante una única causa. El miedo está presente, pero convive con la necesidad de ser aceptado y con la expectativa de formar parte de un grupo que promete reconocimiento mientras exige sumisión. Esa ambivalencia vuelve más inquietante el relato, porque el sometimiento no surge únicamente de la amenaza, sino también del deseo de pertenecer.
La puesta en escena acompaña esa idea sin convertirla en un discurso explícito. La cámara permanece cerca de los personajes durante buena parte del metraje, con encuadres cerrados que reducen el espacio y limitan la información disponible. El espectador comparte la incertidumbre de los novatos: desconoce qué ocurrirá a continuación, quién observa y cuándo una broma dejará de serlo. La forma visual no solo genera tensión, sino que reproduce la pérdida gradual de control que experimentan los protagonistas.
Ese dispositivo alcanza momentos de intensidad, aunque el uso constante de la cámara al hombro y un montaje acelerado terminan por saturar algunas secuencias. Aun así, la elección responde a una lógica narrativa reconocible. La inestabilidad de la imagen impide una mirada distanciada y obliga a permanecer dentro de la experiencia de los personajes, reforzando la sensación de encierro y desorientación que atraviesa todo el relato.
Más allá de las novatadas, El aspirante también examina un modelo de masculinidad construido alrededor de la obediencia y el dominio. Las pruebas de iniciación no solo buscan disciplinar a los recién llegados; también delimitan qué conductas merecen reconocimiento y cuáles quedan asociadas a la debilidad. La vulnerabilidad se convierte en motivo de castigo, mientras que cualquier gesto de empatía o cuestionamiento amenaza el equilibrio del grupo. Gautier evita convertir estas ideas en un discurso explícito y permite que emerjan de las relaciones entre los personajes.
Desde esa perspectiva, las novatadas funcionan como una representación de mecanismos sociales más amplios. La película observa cómo una jerarquía logra reproducirse cuando quienes la padecen terminan aceptando sus reglas e incluso preparándose para ocupar, más adelante, el lugar de quienes ejercen el poder. El ámbito universitario deja de ser un escenario particular para convertirse en el espacio donde se ensaya una forma de relación basada en la naturalización del abuso.
Por eso, El aspirante trasciende el thriller psicológico. Su conflicto no se agota en la violencia que muestra, sino en la manera en que esa violencia se incorpora a la vida cotidiana hasta dejar de percibirse como una excepción. La película encuentra su punto más inquietante en ese tránsito casi imperceptible entre obedecer por miedo y obedecer porque las reglas del grupo han terminado por parecer naturales.