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Crítica de “Ojos extraños”: Soledad e incomunicación en un mundo vigilado
Yeo Siew Hua (“Una tierra imaginada”) filma un retrato social sobre los límites de la vigilancia en una sociedad con lazos humanos quebrados.
Ojos extraños (Stranger Eyes, 2024) comienza como un thriller policial sobre la desaparición de una bebé, pero pronto deriva hacia una reflexión sobre las obsesiones y los vínculos rotos en una sociedad dominada por la vigilancia. Cámaras de seguridad y ciudadanos armados con smartphones registran cada movimiento en un mundo donde las personas parecen cada vez menos capaces de relacionarse entre sí.
La joven pareja formada por Junyang (Wu Chien-Ho) y Peiying (Anicca Panna) atraviesa la desaparición de su hija pequeña. Mientras revisan videos familiares en busca de alguna pista, a pedido de la policía, comienzan a recibir DVDs anónimos en su casa. Las grabaciones revelan que un vecino los ha estado filmando de manera constante, obsesionado con la vida ajena. ¿Tiene relación ese comportamiento perturbador con la desaparición de la niña? A partir de ese interrogante, la investigación deriva hacia un drama intimista sobre la forma en que las personas procesan la soledad en una sociedad híper poblada donde nadie parece realmente comunicarse.
El director y guionista singapurense Yeo Siew Hua —quien ya había explorado zonas similares en Una tierra imaginada (A Land Imagined, 2018)— construye aquí un film de ritmo pausado y narración fragmentada. La puesta en escena refleja una lectura de la realidad mediada por las imágenes de vigilancia: distante, sujeta a interpretaciones y atravesada por una pulsión voyeurista. La película se pregunta qué sucede cuando esa observación deja de ser un acto individual y pasa a convertirse en un mecanismo sistemático de control. ¿Qué implica vivir bajo la sensación permanente de estar siendo observado? ¿Cómo impacta esa vigilancia constante en la intimidad y en la construcción de la identidad?
Más que desarrollar un policial clásico, la película se interesa por desplegar un entramado de conflictos internos. Del drama de la pareja que busca a su hija, el relato pasa a centrarse en el hombre que los espía: un personaje opaco, marcado por traumas del pasado y comportamientos difíciles de descifrar. Más adelante, el film incorpora también a una joven empleada de una pista de patinaje sobre hielo, cuya soledad y vulnerabilidad quedan expuestas bajo la mirada ajena. A través de estos personajes, la película articula distintas variaciones sobre un mismo eje: la observación, el control y la apropiación emocional del otro. Un voyeurismo de resonancias hitchcockianas que dialoga claramente con Caché (2005) de Michael Haneke.
Sin embargo, el verdadero centro emocional del relato es Junyang, el padre devastado por la desaparición de su hija. La crisis pone en tensión su idea de paternidad, su vínculo con su madre, su relación con los vecinos —convertidos en posibles sospechosos— y hasta sus intentos de acercamiento afectivo con otra mujer. Todo aparece atravesado por una profunda incapacidad para expresar emociones: gestos desesperados de alguien atrapado en su propia incomunicación.
Ojos extraños despliega una gran cantidad de temas e interrogantes, aunque lo hace desde una solemnidad que por momentos conspira contra la potencia dramática del relato. La película parece más interesada en sostener su ambigüedad conceptual que en profundizar emocionalmente en sus conflictos. Esa búsqueda constante de interrogantes termina dejando una sensación de distancia que le resta fuerza a su impacto final.