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Crítica de “Ápex”: Charlize Theron y Taron Egerton en lucha por ser el depredador dominante

El director de “Everest” imprime vértigo y adrenalina en este thriller de supervivencia filmado en Australia.

Crítica de “Ápex”: Charlize Theron y Taron Egerton en lucha por ser el depredador dominante
domingo 26 de abril de 2026

Desde el cine de montaña alemán del período mudo —con figuras como Arnold Fanck y Leni Riefenstahl— escalar cumbres ha tenido un sentido espiritual, casi místico. Películas como Prisioneros de la montaña (The White Hell of Pitz Palu, 1929) sentaron las bases de una épica donde la naturaleza imponía respeto y trascendencia.

Con el tiempo, ese linaje derivó en relatos más físicos y espectaculares como Riesgo total (Cliffhanger, 1993), Límite vertical (Vertical Limit, 2000) o la ya mencionada Everest (2015), hasta llegar a propuestas más introspectivas como Tocando la cima (Touching the Void, 2003). En Ápex (2026), la aventura de altura arranca con esa impronta para mutar rápidamente hacia un thriller de cazador y presa bastante convencional.

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Cuando Sasha (Theron) y su pareja (Eric Bana) sufren un accidente en las montañas noruegas, ella decide recomponer su vida viajando a Australia para atravesar ríos en kayak. Sin embargo, las advertencias no tardan en llegar: en esa zona, la gente “suele desaparecer”. Y el personaje de Taron Egerton tiene mucho que ver con eso.

Baltasar Kormákur es, sin dudas, un director ideal para este tipo de propuestas. Sabe con precisión dónde ubicar la cámara para generar vértigo y adrenalina, ya sea en la inmensidad de las alturas, bajo el agua o en la densidad de la selva. Su puesta en escena apuesta a lo físico: la cámara se precipita al vacío con los personajes o se adhiere a sus rostros en plena desesperación, reforzando la experiencia sensorial.

En ese terreno, el trabajo de Charlize Theron es impecable. Como ya demostró en Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, 2015), la actriz sudafricana convirtió su presencia en pantalla en una herramienta de acción pura, donde la intensidad física reemplaza cualquier gesto ornamental. Aquí vuelve a sostener el film desde el cuerpo, la resistencia y la mirada. Por su parte, Taron Egerton construye un antagonista inquietante: un psicópata alienado, cuya violencia encuentra un contrapunto perfecto en la lucha instintiva por la supervivencia.

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Ápex funciona con eficacia como thriller a contrarreloj, apoyado en el pulso narrativo de Kormákur y en su capacidad para transmitir vértigo. Sin embargo, no logra escapar del molde del relato de cazador y presa. Es una película bien ejecutada, mejor filmada, pero también previsible y, por momentos, inverosímil en el desarrollo de sus situaciones. Desde lo sensorial ofrece un viaje intenso y disfrutable; desde lo narrativo, en cambio, el guion de Jeremy Robbins queda en deuda y no termina de estar a la altura de la experiencia que propone.

7.0
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