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Crítica de “La muerte es algo que les sucede a los demás”: Ana García Blaya y el peso del duelo
Ana García Blaya construye un crudo e íntimo relato sobre las ausencias y el peso emocional de todo aquello que nunca llegó a decirse a tiempo.
Con La muerte es algo que les sucede a los demás (2026), Ana García Blaya termina de afianzar una filmografía atravesada por la autobiografía, la memoria y las heridas familiares que nunca cicatrizan del todo. Si con Las buenas intenciones (2019) había conseguido retratar con una sensibilidad extraordinaria la figura encantadora y caótica de su padre desde la ficción, aquí elimina cualquier filtro narrativo para mostrar la intimidad de su propia familia. El resultado es un documental doloroso, crudo y profundamente honesto, donde la directora entiende que filmar también puede ser una forma de sostener aquello que está a punto de desaparecer.
La película se construye alrededor de Alberto, el abuelo paterno de García Blaya, un hombre excéntrico y contradictorio con quien la directora intenta construir un vínculo antes de que sea demasiado tarde. Con seis hijos, 23 nietos, “muchos” bisnietos y cuatro matrimonios, Alberto aparece como el gran patriarca de una familia inmensa y desordenada. Aunque apenas reunía al clan dos veces al año —en su cumpleaños y antes de Navidad—, la directora comenzó a visitarlo y registrar esos encuentros con webcams y cámaras caseras. Lo que empieza como una serie de visitas íntimas se convierte en una exploración mucho más compleja sobre la herencia emocional, los afectos rotos y las ausencias que atraviesan generaciones enteras.
El gran hallazgo del documental es el diario personal de Alberto, un archivo obsesivo donde acumula frases, pensamientos, fotografías, listas y recortes de diarios, especialmente avisos fúnebres de conocidos que iban muriendo. Ese cuaderno funciona como una especie de mapa mental del personaje y también como reflejo de alguien completamente atravesado por el paso del tiempo y la cercanía de la muerte. Pero García Blaya no se limita únicamente a registrar las conversaciones con su abuelo: la película también captura la dinámica creativa, caótica y profundamente delirante de toda la familia, incluido su padre Javier, quien atravesó un tratamiento de quimioterapia en 2008 y falleció siete años más tarde, dejando a todos completamente devastados.
El documental encuentra su dimensión más cruda cuando la muerte deja de ser una idea abstracta y golpea de lleno a la familia. Tras la partida de Javier, Alberto nunca es informado de la noticia. La familia decide ocultarle la verdad para protegerlo y García Blaya queda atrapada sosteniendo esa mentira mientras atraviesa su propio duelo. A partir de ahí, cada conversación entre nieta y abuelo adquiere una tensión emocional devastadora: el peso del silencio empieza a sentirse mucho más insoportable que la propia pérdida.
García Blaya filma desde un lugar vulnerable, pero también extremadamente lúcido. No intenta justificar a su familia ni resolver viejos conflictos; simplemente observa cómo los vínculos se deforman con el tiempo y cómo muchas veces el amor convive inevitablemente con la frustración, el resentimiento y la culpa. Esa honestidad tan abrupta convierte al documental en algo mucho más poderoso que un simple ejercicio autobiográfico.
Formalmente austera pero emocionalmente demoledora, La muerte es algo que les sucede a los demás consolida a Ana García Blaya como una de las voces más personales del cine argentino actual. En un relato que busca que el espectador entienda que las familias se sostienen por el cariño y por los secretos que deciden esconder, aparece algo profundamente universal: la sensación de que siempre terminamos heredando dolores que nunca supimos nombrar.