Prime Video
Zeta”: Mario Casas y Luis Zahera entre el thriller internacional y el drama que no termina de encajar
La película de Dani de la Torre articula acción, memoria política y vínculos familiares en una trama que privilegia el despliegue antes que la profundidad.
La irrupción de las plataformas de streaming reconfiguró las condiciones de producción y circulación del audiovisual. En ese marco se inscribe Zeta (2026), estrenada directamente en Prime Video, una película que difícilmente hubiera encontrado financiamiento en el esquema industrial español de hace dos décadas. Su punto de partida —la ofensiva de ETA en los años 80— no se propone como reconstrucción histórica, sino como excusa narrativa para un thriller que combina operaciones encubiertas, desplazamientos internacionales y un conflicto familiar.
La historia se activa con el asesinato de cuatro exagentes del antiguo CESID en distintos puntos del mundo. Todos formaron parte de una operación en Colombia que derivó en una masacre de civiles. La investigación recae en Zeta (Mario Casas), agente en excedencia que debe retomar funciones mientras lidia con el deterioro de su madre. A su lado se incorpora una agente colombiana (Mariela Garriga), enviada por su gobierno para esclarecer responsabilidades. La trama se organiza a partir de esa doble búsqueda: la institucional y la personal.
Hay un quiebre claro en el relato cuando aparece el personaje interpretado por Luis Zahera. Su presencia introduce una densidad que el resto de la película apenas insinúa. Su exagente, oculto durante décadas, condensa la memoria de la operación fallida y funciona como eje de sentido. A partir de su intervención, el relato adquiere otra escala, no tanto por lo que se revela, sino por cómo se articula la información.
El resto del elenco se mueve dentro de registros previsibles. Mario Casas construye un protagonista contenido, atravesado por un pasado que el guion enuncia pero no desarrolla. La dimensión interna del personaje queda reducida a gestos y silencios que no alcanzan a configurar un recorrido. Mariela Garriga introduce variaciones en su rol, sobre todo cuando la lealtad se vuelve ambigua, aunque la relación entre ambos carece de desarrollo dramático.
En términos de producción, la película apuesta por un despliegue que se sostiene en locaciones reales: Río de Janeiro, Tallín, Colombia y distintas ciudades españolas. Esa decisión impacta en la materialidad de las escenas. Las persecuciones, los enfrentamientos y los desplazamientos tienen un peso físico que evita la sensación de artificio. Hay una secuencia, centrada en un interrogatorio coordinado a distancia entre dos edificios, donde el montaje y la puesta logran construir tensión a partir del espacio y la simultaneidad.
Las escenas de acción están coreografiadas con precisión, aunque su duración y frecuencia parecen subordinadas a la intención de equilibrar el relato con el drama familiar. Esa búsqueda de equilibrio es, a la vez, uno de los puntos de fricción. El guion —escrito por Dani de la Torre junto a Oriol Paulo y Jordi Vallejo— introduce giros, flashbacks y cambios de perspectiva que complejizan la estructura, pero no siempre suman densidad. La historia central, en esencia, es directa, pero el dispositivo narrativo insiste en expandirse sin consolidar un núcleo.
Zeta se posiciona como un intento de construir un thriller de espionaje con proyección internacional desde España, sin recurrir a la parodia ni a la estilización irónica. En ese sentido, marca una dirección posible dentro de la industria. Sin embargo, la película oscila entre dos registros —el íntimo y el espectacular— que no terminan de integrarse.
El resultado es un film que sostiene el interés, con momentos de eficacia narrativa y un desempeño destacado de Luis Zahera, pero que deja abierta la sensación de una potencialidad no desarrollada. Más que un punto de llegada, Zeta funciona como indicio de un camino en construcción.