Crítica de "Inmigrantes Ilegales": Harrison Ford, el patriota en un territorio prohibido
"Inmigrantes ilegales (Territorio prohibido)" aborda la política migratoria de Estados Unidos desde múltiples relatos cruzados, pero su crítica inicial se diluye en un cierre que reafirma los valores que dice cuestionar.
La problemática de los inmigrantes indocumentados y sus consecuencias en Estados Unidos atraviesa Inmigrantes ilegales, el film protagonizado por Harrison Ford. A partir de una estructura coral, la película despliega una serie de historias que avanzan en paralelo y permiten observar distintos conflictos derivados de la política migratoria norteamericana, desde la burocracia estatal hasta la violencia simbólica y material ejercida sobre los extranjeros.
El relato se inscribe en el registro del thriller dramático, con un tono solemne y una mirada que remite a varios de los papeles que Ford interpretó durante los años noventa. Su personaje, Max, es un agente de inmigración encargado de llevar adelante redadas y deportaciones, un engranaje más de un sistema que decide el destino de personas a partir de formularios, plazos y documentos. En otro frente aparece Ray Liotta, como funcionario involucrado en la tramitación de la “tarjeta verde”, símbolo del acceso legal a la vida laboral en suelo estadounidense. Estos son solo dos de los múltiples recorridos que propone la película.
Para exponer estos conflictos, el film apela a una puesta directa, con escenas que buscan subrayar el impacto de las decisiones administrativas en la vida cotidiana. Sin embargo, bajo esa superficie emerge una problemática más profunda: la intolerancia racial instalada en amplios sectores de la sociedad estadounidense. En ese sentido, la película acierta al mostrar cómo situaciones que se presentan como simples irregularidades legales encubren actos de discriminación y censura, como ocurre en el episodio de la niña acusada de vínculos con el talibanismo.
El personaje de Ford funciona como punto de cruce entre estos mundos. En su recorrido aparecen zonas grises que tensionan la lógica binaria de buenos y malos. Su trabajo lo obliga a convivir con esas contradicciones a diario, y es a través de sus principios personales —más que del sistema que representa— donde el relato intenta encontrar algún tipo de equilibrio moral.
No obstante, hacia el tramo final, Inmigrantes ilegales (Crossing Over, 2009) opta por un cierre que atenúa la fuerza crítica acumulada. Las historias comienzan a resolverse de manera ordenada, otorgando a la justicia estadounidense un tono reparador que contradice el diagnóstico previo. El desenlace, incluso desde la puesta en escena, termina exaltando el acto de nacionalización como culminación virtuosa del conflicto.
Así, la película inicia como una observación incómoda sobre la política migratoria norteamericana, pero concluye reafirmando los valores que esa misma política sostiene. Una autocrítica que se formula para, finalmente, justificar el sistema. Lo expuesto permanece abierto, sin resolución real, aunque la película prefiera cerrar el relato con un gesto tranquilizador. La tinta, sin embargo, sigue fresca.