Teatro Lola Membrives
Crítica de "Rocky": del cine al teatro, una épica popular en escena con Nicolás Vázquez
La versión teatral de "Rocky", encabezada por Nicolás Vázquez, traslada el mito creado por Stallone a la calle Corrientes con una apuesta técnica y narrativa de gran escala.
Llevar Rocky (1976), la película dirigida por John G. Avildsen y protagonizada por Sylvester Stallone, ganadora de tres Premios Oscar —entre ellos mejor película y mejor dirección— y del Globo de Oro a mejor film dramático, al teatro supone intervenir un relato que ya forma parte del imaginario popular. La historia del boxeador que pelea desde los márgenes hacia una oportunidad improbable no requiere presentación, aunque sí decisiones claras sobre cómo trasladarla a otro lenguaje sin diluir su sentido.
En esta versión impulsada y protagonizada por Nicolás Vázquez, la puesta dialoga de manera permanente con el film sin intentar competir con él. La adaptación se apoya en una apropiación consciente del material original, prescinde del formato musical estrenado en Broadway —con libro de Thomas Meehan y Stallone, música de Stephen Flaherty y letras de Lynn Ahrens— y desplaza el eje hacia el drama, los vínculos y el recorrido del personaje. A partir de allí, el uso de escenarios rotativos y recursos audiovisuales, con imágenes filmadas en Filadelfia, amplía el espacio escénico y sostiene la continuidad sin quebrar la convención teatral.
La trama es conocida y no busca giros ni rupturas. Rocky Balboa, boxeador sin proyección, recibe la posibilidad de enfrentar al campeón Apollo Creed y, en ese trayecto, aparece Adrián como figura que organiza el relato desde lo afectivo más que desde lo romántico. En consecuencia, la obra asume que la fuerza del material no reside en la sorpresa, sino en la repetición de un gesto que estructura toda la narración: entrenar, caer y volver a intentar.
En línea con esa decisión, la puesta en escena construye ritmo y continuidad, dos desafíos centrales al trasladar una historia de acción a una sala teatral. El movimiento permanente del espacio evita la fragmentación y permite sostener la tensión incluso en los pasajes más reconocibles del relato, mientras la técnica funciona como soporte narrativo y no como exhibición autónoma.
En ese marco, Vázquez asume un rol que exige presencia física y cercanía con el público. Su Rocky sostiene la función desde la entrega y el contacto directo, aunque en algunos pasajes se acerque a un registro reconocible del imaginario popular, lo que introduce una tensión en el tono dramático. David Masajnik, como Mickey, organiza buena parte del pulso del espectáculo, mientras el trío femenino —Dai Fernández, Mercedes Oviedo y Georgina Tirotta— aporta capas que equilibran un relato históricamente centrado en lo masculino.
Finalmente, el combate decisivo concentra el mayor desafío de la adaptación. La cercanía del escenario, el uso de los pasillos, el maquillaje en tiempo real y un diseño preciso de luces y sonido convierten la pelea en una experiencia compartida. En ese sentido, la música de Bill Conti, junto con la inclusión de “Eye of the Tiger”, funciona como anclaje reconocible más que como cita nostálgica.
Así, Rocky no busca reescribir la historia ni propone un nocaut. Su logro consiste en demostrar que un mito del cine puede sostenerse en el teatro sin perder identidad, apoyado en una producción de escala y en decisiones narrativas claras. Cuando suena la campana final, lo que queda no es la épica del triunfo, sino algo más incómodo y persistente: la certeza de que resistir, aun sin ganar, sigue siendo una forma de pelea.