Salas
Crítica de "El susurro": Gustavo Hernández Ibáñez y la imagen del terror latinoamericano
Tras su éxito en festivales, Gustavo Hernández Ibáñez regresa con una película perturbadora que amalgama el mito con el horror más realista.
El realizador uruguayo, responsable de La casa muda (2010), No dormirás (2018) y Virus: 32 (2022), reafirma su posición como una de las voces más potentes del cine de género en la región. En El susurro (2025), vuelve a demostrar un manejo excepcional de la puesta en escena, logrando atmósferas asfixiantes y una potencia visual y sonora que incomoda y cautiva por igual.
La película, ovacionada en el Festival de Sitges y premiada en el Festival de Mórbido (México) y el Buenos Aires Rojo Sangre (BARS), presenta a Lucía (Ana Clara Guanco) y Adrián (Marcelo Michinaux), dos hermanos que buscan refugio en una casona aislada para escapar del legado vampírico de su padre (Luciano Cáceres). Sin embargo, la paz se quiebra cuando una red criminal dedicada al secuestro de jóvenes para películas snuff comienza a merodear en la vecindad.
Hernández introduce elementos innovadores al folklore del "chupasangre". Por un lado, el susurro del título remite a una extraña capacidad hipnótica para subyugar mentes humanas; por otro, aparecen los denominados “Aberrantes”, seres en estado liminal que, tras ser mordidos y antes de morir, se transforman en espectros condenados a deambular con un apetito destructor.
El guion de Juan Manuel Fodde Roma y Gustavo Hernández Ibañez desarrolla con paciencia a los personajes y sus vínculos, revelando los pormenores del relato de forma gradual. No es hasta la mitad del metraje cuando el espectador logra armar el rompecabezas completo, una decisión valiente que premia la atención del público.
Sin embargo, la película enfrenta un desafío en su transición de tonos. Por momentos, explora el mito vampírico desde lo fantástico; por otros, se sumerge en la crudeza de un slasher realista. Aunque ambos universos resultan interesantes por separado, su colisión genera una dualidad que podría resultar desconcertante para los puristas de un solo subgénero. Pese a estas ambiciones cruzadas, la calidad técnica y la capacidad de Hernández para crear imágenes inquietantes sitúan a El susurro muy por encima de la media del mercado actual.
El trabajo sonoro adquiere una densidad asombrosa: no solo construye una atmósfera intensa, sino que también narra. El susurro mismo surge de una partitura que contribuye a contar la historia dentro y fuera del plano visual, potenciando en todo momento la sugestión.
Desde la fantasía o la crudeza, la película producida por los mismos responsables de Cuando acecha la maldad (2023) de Demian Rugna, atraviesa dos temáticas recurrentes en la región: el peso de la herencia familiar —sea para bien o para mal— y el secuestro y la desaparición de personas. El mal no necesita provenir de un espacio exterior, sino de algo mucho más cercano, como un familiar o un vecino. Cuestiones que el relato no subraya pero desliza a lo largo de su argumento mediante imágenes verdaderamente perturbadoras.
Por todos estos motivos, El susurro es otro claro ejemplo de que el miedo es palabra mayor en el Río de la Plata.