Salas de México
Crítica de "Un hombre por semana": el amor después del divorcio en tiempos de apps
La película dirigida por Marco Polo Constandse y Ana de la Reguera observa el uso de apps de citas tras una separación y pone en foco la distancia entre decisión personal, mandato social y validación ajena.
Un hombre por semana (2026) propone una lectura contemporánea sobre el después del divorcio y la reorganización del deseo en tiempos de plataformas digitales. Con guion de Itzel Lara y Adriana Pelusi, y dirección compartida entre Marco Polo Constandse y Ana de la Reguera, la historia se sitúa en un terreno reconocible: el de las relaciones atravesadas por algoritmos, expectativas y mandatos sociales.
Tras la separación, Mónica (Ana de la Reguera) enfrenta un proceso que, en muchos casos, resulta más extenso y complejo para las mujeres. Mientras algunos hombres reorganizan su vida afectiva con rapidez, ella transita el duelo con preguntas abiertas. Sus amigas intervienen y la empujan a una aplicación de citas. El plan es simple: salir con un hombre distinto cada semana, sin promesas ni proyecciones, solo para experimentar.
Ese recorrido semanal expone fricciones: encuentros fallidos, conversaciones que no avanzan y la tensión entre el deseo propio y la mirada ajena. La serie evita el relato de superación lineal y se detiene en una pregunta central: ¿la búsqueda responde a una decisión personal o a la necesidad de demostrar algo frente al pasado?
El contexto amplía el conflicto. A nivel global, apenas el 27 % de las parejas se forma mediante apps de citas, aunque su uso crece de manera sostenida. Al mismo tiempo, aumentan los riesgos de seguridad y se reduce el contacto espontáneo en espacios públicos. La vida social se repliega en pantallas; bares y conciertos dejan de ser territorios de encuentro. Las proyecciones indican que para 2040 el 70 % de las personas conocerá a su pareja en internet, un dato que redefine hábitos y expectativas.
En ese cruce entre experiencia individual y fenómeno social, Un hombre por semana plantea una reflexión sin moraleja cerrada. Más allá del recorrido por distintas citas, la película observa cómo se negocian hoy el afecto, la validación y la soledad. El foco no está en acumular vínculos, sino en identificar desde dónde se elige y para quién se actúa.