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Crítica de "Maze Runner: La cura morta": el cierre del conflicto con WICKED

La última entrega de "Maze Runner" enfrenta a Thomas y su grupo con el poder de WICKED y busca resolver la trama iniciada en el laberinto, entre persecuciones, tensiones internas y un mundo devastado por el virus.

Crítica de "Maze Runner: La cura morta": el cierre del conflicto con WICKED
domingo 30 de noviembre de 2025

El capítulo final de la saga creada por James Dashner retoma el recorrido de un grupo de jóvenes que atraviesan escenarios hostiles para sobrevivir en un mundo dominado por la devastación. Maze Runner: La cura mortal (Maze Runner: The Deat Cure, 2018) cierra una trilogía que mantuvo coherencia con los libros en los que se basa y desarrolló un universo visual reconocible, aun cuando la extensión del film tensiona su estructura y obliga a subrayar conceptos que quedan dispersos entre distintos géneros —acción, ciencia ficción, fantasía— propios de su narrativa distópica.

La corporación WICKED avanza sobre los cuerpos y sobre las posibilidades de los protagonistas, imponiendo nuevas barreras para contener a quienes están afectados por el virus y, al mismo tiempo, impedir que los “larchos” regresen a difundir sus ideas de resistencia entre los sobrevivientes. En ese paisaje apocalíptico, Thomas (Dylan O'Brien) se convierte en la figura sobre la que se proyecta la esperanza de frenar los planes de Ava Paige (Patricia Clarkson), ahora acompañada por Teresa (Kaya Scodelario), cuya decisión de colaborar con WICKED la enfrenta a su antiguo grupo bajo la promesa de lograr una cura para la enfermedad que transformó a gran parte de la humanidad.

El relato se organiza en dos líneas que avanzan en paralelo: la de Thomas y su equipo, empeñados en rescatar a Minho (Ki Hong Lee) y desarticular el poder de WICKED, y la de Teresa, que atraviesa un proceso de experimentación constante en busca de una solución científica. Ambas líneas se expanden a partir de los conflictos internos de los personajes, incluyendo recuerdos que remiten a la vida dentro del laberinto y a un vínculo afectivo que quedó marcado por la traición y la desconfianza.

La puesta en escena mantiene la estética de las entregas anteriores, con escenarios derruidos, desplazamientos constantes y la sensación de un mundo que se sostiene en equilibrio inestable. Dentro de esa continuidad aparece un personaje que gana espesor: Newt (Thomas Brodie-Sangster), debilitado por el virus pero determinado a acompañar a Thomas en un itinerario que pone en riesgo su propia vida. Su presencia introduce un contrapunto emocional que repercute en la evolución del protagonista.

Wes Ball vuelve a dirigir y sostiene un universo que ya había delineado con claridad en las primeras películas. Aunque retoma recursos conocidos, introduce una narración en dos planos que amplifica la tensión y permite que ciertas secuencias encuentren un ritmo particular. Sin embargo, la necesidad de cerrar la historia entre Thomas y Teresa impacta en la solidez general del guion, inclinando algunas escenas hacia una idea de realismo que contrasta con la lógica fantástica que definió a la saga desde su origen.

Maze Runner: La cura mortal concluye así un recorrido centrado en la acción colectiva y en la búsqueda de identidad dentro de un sistema que controla cada decisión. Su cierre enfatiza la persistencia de un grupo capaz de sostenerse a pesar de las pérdidas y de enfrentar a una estructura que pretendió transformar sus vidas en un experimento sin salida.

5.0
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