Crítica de "The Gift": música, espectros y un origen que define una vida
Sunny Zhao construye un relato donde un piano hallado en el campo guía la formación de una concertista y abre una puerta hacia una historia marcada por la persecución y la memoria.
Tras visitar la tumba de su madre, Abigail Philips (Emma Barnett, en su infancia) encuentra, en su camino de regreso a casa, un piano abandonado en medio del campo. El instrumento está en condiciones impecables, salvo por un orificio de bala en la tapa frontal. Ese hallazgo marcará un antes y un después: con el tiempo, Abigail se convertirá en concertista, aunque la imagen de aquel piano permanecerá como un enigma que acompañará su recorrido.
Sunny Zhao, director de The Gift (2025) —subtitulada Fantaisie-Impromptu—, es un cinefotógrafo y músico de origen chino, con un premio Emmy y una trayectoria vinculada a videocomerciales y proyectos ligados a distintas artes. Su formación visual atraviesa la película. El título remite a una palabra de raíz nórdica que alude tanto a “regalo” como a “don”, una doble acepción que la película explora desde la figura de su protagonista.
Abigail encuentra un refugio en el piano y, una tarde, se cruza con un niño que lo toca (Eric Brenner). Ella reclama la propiedad del instrumento y el niño se disculpa. A partir de allí, será él quien contribuya a perfeccionar la técnica y el talento de la joven. Cuando le cuenta a su padre, Harry (Jeffrey Klemmer), la existencia del piano, este da aviso a las autoridades. La policía llega, carga el instrumento, y Abigail observa la escena mientras el niño —visible solo para ella— permanece sentado sobre la estructura. Zhao sugiere una dimensión sobrenatural sin profundizar en su lógica interna, recurso que intenta justificar el destino posterior del piano cuando es almacenado por las autoridades.
La narración avanza con elementos mínimos. En menos de hora y media, el film oscila entre la estética de un anuncio extendido y un intento de relato sostenido. El giro llega cuando Harry decide investigar el origen del instrumento y da con Franz Mueller (Gordon Bass), músico radicado en Innsbruck, quien vendió el piano a Anne Sobel, de Brooklyn. Mueller le cuenta la historia: el piano perteneció a Adam Cohen, niño nacido en Viena, considerado una promesa musical, asesinado durante la Kristallnacht. La bala que lo hirió quedó incrustada en el frente del piano, que fue conservado por la familia antes de iniciar su periplo hacia Estados Unidos.
Años más tarde, Abigail —interpretada de adulta por Elyse Dufour—, ya convertida en concertista, visita un museo donde el piano se exhibe como pieza histórica. Allí descubre una fotografía de Adam Albert Cohen y reconoce en ella al niño que había encontrado en el campo. La película propone que aquel vínculo había sido posible por una presencia que operaba fuera de cualquier coordenada explicada.
La línea argumental remite a relatos de fantasmas del cine clásico, como Portrait of Jennie (1949), resueltos mediante dispositivos narrativos que apelaban a un cruce entre el mundo tangible y las evocaciones de la memoria. Zhao destina buena parte del metraje a paisajes, detalles del teclado y primeros planos de las actrices, apoyándose en un estilo contemplativo. El cierre incluye un epílogo posterior a los créditos, en la tradición de ciertas franquicias contemporáneas, donde se insinúa un nuevo arco dramático para la versión adolescente de Abby.