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Crítica de "Malicia": la apuesta que no alcanza a "The White Lotus" y "Ripley"
"Malicia" sigue a un niñero que ingresa a una familia adinerada con un objetivo oculto. La serie observa dinámicas de poder y busca ocupar el espacio que dejaron "The White Lotus" y "Ripley".
Malicia (Malice, 2025), dirigida por Mike Barker y Leonora Lonsdale, presenta a Adam (Jack Whitehall), un joven contratado como niñero por los Tanner, una familia de alto perfil económico liderada por un capitalista de riesgo interpretado por David Duchovny, junto a Carice van Houten. El relato se desarrolla entre Londres y Grecia, donde el supuesto verano familiar inicia sin sobresaltos hasta que la presencia del recién llegado altera la dinámica interna.
El guion de James Wood evita los golpes de efecto y se organiza alrededor de gestos, pausas y conversaciones que aparentan cordialidad. Adam utiliza la confianza como herramienta y se integra en la casa con precisión estratégica. Su objetivo no está dicho, pero se percibe en la manera en que procesa información, administra silencios y reorganiza vínculos. El conflicto crece sin estridencias: la armonía inicial se revela como fachada y la convivencia se convierte en un tablero donde cada movimiento busca un beneficio.
La propuesta dialoga con The White Lotus (Mike White, 2021/25), que transformó el turismo de lujo en un laboratorio sociocultural, y con Ripley (Steven Zaillian, 2024), cuya construcción del impostor redefinió la figura del intruso en mundos exclusivos. Ambas obras consolidaron un estándar narrativo y estético dentro del género. Frente a ese antecedente, Malicia no logra aproximarse: no profundiza en la mirada crítica ni en la complejidad psicológica que distinguieron a sus referencias. Retoma códigos ya instalados —casas prolijas, cortesía estratégica, jerarquías tácitas— sin aportar una lectura propia. Más que continuidad, funciona como una imitación que no consigue alcanzar la densidad ni el alcance que volvieron relevantes a sus predecesoras.
La dirección apuesta por planos estáticos, interiores ordenados y una luz limpia que contrasta con miradas evasivas y silencios prolongados. La cámara se posiciona como testigo, no como participante. El montaje alterna espacios urbanos y paisajes marítimos para resaltar una dualidad: control institucional versus ilusión vacacional. Cada encuadre sostiene la idea de límite, como si la casa funcionara tanto como refugio como cárcel.
Su mayor interés está en el registro conductual, no en la sorpresa. Es una ficción que se deja ver y cumple con su premisa, pero se desplaza por un territorio agotado, ya explorado con mayor lucidez y potencia por otras producciones recientes.