Netfix
Crítica de "El hijo de mil hombres": Rodrigo Santoro y una mirada queer sobre la pertenencia
La adaptación de Daniel Rezende indaga la paternidad, la comunidad y los vínculos elegidos mediante relatos cruzados y una propuesta visual cargada de sentido.
La película dirigida por Daniel Rezende, basada en la novela de Valter Hugo Mãe, sigue a Crisóstomo (Rodrigo Santoro), pescador de cuarenta años que desea formar una familia. Su encuentro con Camilo, niño sin referentes afectivos, abre una relación que redefine el hogar. Además, el relato incorpora a Antonino e Isaura, figuras que muestran cómo cada habitante de la misma comunidad negocia su lugar dentro de un orden social que no siempre los reconoce.
La unión entre Crisóstomo y Camilo organiza el recorrido narrativo. La paternidad aparece como ejercicio concreto, sostenido en prácticas diarias y no en legitimaciones externas. El film observa cómo ese vínculo se construye, cambia y se somete a la mirada colectiva, proponiendo una comprensión de la familia asentada en acuerdos y disponibilidad afectiva.
Desde lo visual, la película convierte el paisaje costero en extensión emocional. Nieblas, horizontes abiertos y planos sostenidos instalan una temporalidad que habilita reflexión y espera. Allí surge un registro cercano al realismo mágico, donde elementos como las mariposas que rodean a Antonino funcionan como traducción sensorial del deseo, más que como efecto fantástico. La imagen explica lo que los personajes no expresan verbalmente.
Al articular estas historias, El hijo de mil hombres (O Filho de Mil Homens, 2025) propone una mirada queer, no por su representación identitaria explícita, sino por cuestionar quién puede formar comunidad y bajo qué condiciones. La película no busca imponer conclusiones: invita a revisar qué historias reconocemos como legítimas y cuáles permanecen fuera de plano.