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Crítica de "Mazel Tov": Otra película del multiverso de Adrián Suar

Adrián Suar ha desarrollado un universo reconocible, con su tono, sus temas, su humor, su estilo de puesta. Su nueva propuesta como actor, director y coautor, se inscribe sin rodeos dentro de esa tradición.

Crítica de "Mazel Tov": Otra película del multiverso de Adrián Suar
viernes 06 de junio de 2025

Mazel Tov (2025) es una comedia con tintes familiares, algo de crisis existencial y una fuerte carga autorreferencial que puede gustar más o menos, pero difícilmente sorprenda.

La trama gira alrededor de una celebración judía que da marco a los conflictos de una familia en plena ebullición emocional. El vínculo complicado entre cuatro hermanos se ve afectados aún más por la muerte del padre.​ La excusa narrativa es válida, incluso atractiva, pero el desarrollo dramático es más bien superficial. Se recurre nuevamente al personaje clásico de Suar: un hombre de mediana edad en plena crisis personal, enfrentado a su entorno, a las decisiones del pasado y a una larga lista de frustraciones cotidianas. En ese terreno, Suar se mueve con soltura, con el oficio de quien conoce de memoria los matices de ese registro. El problema, tal vez, es que ya lo vimos muchas veces. Y esta vez, sin demasiadas variantes.

La película funciona como una acumulación de conflictos conocidos. Más que profundizar en los vínculos, se busca generar ritmo a partir de gags, enredos y momentos emotivos que intentan tocar varias teclas sin detenerse demasiado en ninguna. Aun así, hay que reconocer que algunos chistes funcionan, Suar ya conoce su timing y por momentos la película logra construir cierto clima de comedia liviana que, sin ser novedoso, se sostiene gracias a la experiencia del protagonista.

La dirección, también en manos de Suar, se resuelve de manera correcta, aunque sin grandes riesgos. En cuanto al elenco, las decisiones de casting resultan, al menos, llamativas y por momentos difíciles de sostener desde la lógica narrativa. Ver a Benjamin Rojas (Rebelde Way, 2002) interpretando al hermano de Suar genera una distancia que cuesta reducir, no tanto por las diferencias físicas sino por los códigos actorales y generacionales tan distintos que manejan. Lo mismo sucede con Natalie Pérez (Casi feliz, 2020/21) y Fernán Mirás (Casi muerta, 2023), intérpretes talentosos pero que acá no terminan de encontrar un tono común que articule a todos los personajes dentro de un mismo universo. La sensación general es que hay nombres conocidos, sí, pero ensamblados de forma algo forzada, como si el armado respondiera más al impacto del cartel que a la organicidad del relato.

Uno de los temas más interesantes que podría haber desarrollado la película —la tradición judía como marco de pertenencia familiar y cultural— queda apenas sugerido. Se menciona, se exhibe en lo visual, se utiliza como contexto festivo, pero no se problematiza ni se vuelve motor narrativo real. Pasa lo mismo con la paternidad, el duelo, la identidad o los vínculos afectivos intrafamiliares: aparecen, pero de forma episódica, casi como referencias obligadas en una comedia de esta índole, sin una construcción emocional profunda que los respalde.

Más allá de esto, Mazel Tov tiene ciertos méritos técnicos que vale la pena destacar, desde la fotografía de Guillermo Nieto, la ambientación a cargo de Patricia Conta, con detalles cuidados que ayudan a construir un verosímil visual, o la música de Nicolás Sorín, aunque por momentos reiterativa, acompaña sin interferir, cumpliendo un rol funcional.

Suar ha sido, durante décadas, una figura clave del audiovisual argentino, con una capacidad innegable para conectar con el público. Pero también es cierto que el cine argentino necesita abrir espacio a otras voces, a otras miradas, a relatos que se animen a salir de lo conocido. En ese sentido, la película funciona como una postal más dentro de un álbum que ya conocemos. Tiene ritmo, tiene momentos simpáticos, tiene oficio. Pero le falta, quizás, esa chispa que enciende algo nuevo. Porque cuando todo suena a lo ya escuchado, hasta los mejores músicos corren el riesgo de perder el aplauso.

4.0
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