Teatro Astros - 26 de mayo y 2, 9, 16, 23 y 30 de junio
Crítica de "Yo no duermo la siesta": Paula Marull y la infancia como escenario de ruptura
La obra escrita y dirigida por Paula Marull aborda la infancia como un territorio lleno de contradicciones. A través de un universo íntimo y fragmentado, Yo no duermo la siesta interpela desde la mirada de dos niñas que juegan a sobrevivir a los adultos mientras la siesta impone su aparente calma.
¿Dónde habita realmente la infancia? ¿En el cuerpo que juega, en la mirada que espía o en los silencios que los adultos creen poder disimular? En Yo no duermo la siesta, Paula Marull no ofrece respuestas sino atmósferas, no impone certezas sino sugerencias. La escena no busca representar sino evocar. Y lo que evoca es potente: el momento en que una niña deja de mirar con inocencia y empieza a sospechar que la vida no siempre es como prometen los mayores.
Natalí es enviada a pasar la tarde a la casa de su vecina Rita, mientras algo —que nunca se dice del todo— sucede en su propia casa. Lo que podría ser un argumento mínimo se convierte en excusa para desplegar un tejido de situaciones aparentemente simples pero cargadas de subtexto: una moto que no arranca, un perro muerto, una madre ausente, un tío subido a un árbol, una empleada doméstica que observa y también calla.
La siesta —que en tantos lugares del país es frontera entre el bullicio y el silencio— opera aquí como un escenario mental. Nada sucede del todo, y sin embargo todo se transforma. Paula Marull construye desde la dirección una poética del intervalo: ese momento en que la acción se detiene y se abren los espacios para que los sentidos se filtren.
La puesta —de apariencia sobria y contenida— despliega una precisión simbólica que no busca el artificio sino la resonancia. Las canciones de Carlos Mata o Dalila no cumplen una función decorativa. Son registros sonoros que fijan coordenadas de época y activan capas emocionales. No remiten solo a un repertorio afectivo: reproducen el eco de una temporalidad sostenida por ficciones sentimentales. En su repetición, esas melodías devuelven una forma de entender el mundo regida por el orden, incluso si ese orden era solo una ficción.
Las actuaciones, en especial las de María Marull, Agustina Cabo y Luciana Grasso, se sostienen en la contención. No hay excesos: hay fisuras. Y por esas grietas se cuela una ternura que no es complaciente, sino inquietante.
Lo verdaderamente inquietante en Yo no duermo la siesta no es lo que las niñas dicen, sino lo que parecen intuir. El texto de Marull permite que el espectador se convierta en cómplice de una mirada infantil que está dejando de serlo. La infancia aquí no es un paraíso perdido ni un trauma edulcorado: es una frontera. Y como toda frontera, duele.
A través de pequeños gestos —una sirena que no se sabe si es real o juego, una pecera que funciona como escape, un amor que nace o tal vez termina— la obra deja claro que los niños no son espectadores pasivos del mundo adulto. Son testigos lúcidos, aunque no siempre comprendan lo que ven.
En un panorama teatral donde muchas veces se impone el grito o el artificio, Yo no duermo la siesta elige otra estrategia: la del susurro persistente. No necesita subrayar lo emocional. Lo instala. Lo deja madurar. Y en esa espera, el espectador es invitado a completar el sentido, a conectar con sus propias siestas, con sus propios silencios.
Yo no duermo la siesta no representa la infancia: la encarna. Y en esa encarnación, logra que el teatro vuelva a ser un espacio donde lo íntimo se vuelve colectivo, donde el recuerdo se hace cuerpo, donde el dolor se insinúa con ternura, y donde la escena no solo muestra, sino también cuida.