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Crítica de "Adolescencia": Un thriller que desnuda la fragilidad juvenil
La nueva producción de Philip Barantini impacta con su crudo retrato de la violencia juvenil, el bullying y la desconexión emocional en la era digital.
Durante la madrugada de un día que prometía ser común, la policía irrumpe por la fuerza en la casa de los Miller, un hogar de clase media en un pueblo al norte de Inglaterra, destrozando la puerta en el proceso. La familia, compuesta por el padre, Eddie (Stephen Graham, co-creador de la serie junto con Jack Thorne); la madre, Manda (Christine Tremarco); y sus dos hijos, Lisa (Amelie Pease) y Jamie (Owen Cooper), de trece años, queda en estado de shock.
El chico es llevado a la estación de policía, llorando. Allí, le toman sus señas particulares. La familia Miller, sin entender lo que sucede, no puede costear un defensor, por lo que se le asigna un abogado de oficio. Luego de las declaraciones, el oficial Bascombe (Ashley Walters), encargado de la detención, muestra al padre, al abogado y a Jamie un video que revela el delito del que el niño es acusado. Es en este momento cuando, por primera vez, el espectador también accede a esa información.
Durante la investigación en la escuela, Bascombe y la detective sargento Misha Frank (Faye Marsay) descubren un ambiente desordenado, donde ni alumnos ni profesores muestran interés por la educación. Los estudiantes se distraen con redes sociales, mientras los docentes recurren a videos educativos en lugar de métodos efectivos. Frank resume la decadencia del sistema con una frase: “Las escuelas apestan a vómito y masturbación”. Su hijo, también estudiante allí, le señala lo evidente: Katie se burló de Jamie en Instagram usando emojis, y sus compañeros lo llamaron “Incel”. La investigación toma un giro hacia el bullying y el acoso escolar.
Si el primer episodio de Adolescencia (Adolescence, 2025) se centra en exponer los hechos y mostrar un drama familiar y social que aumenta en tensión, el segundo retrata la realidad escolar. En ellas, predominan la apatía del alumnado y el profesorado, la comunicación mediada por redes sociales y la atracción de estas como fuente de entretenimiento sin regulaciones, relegando el conocimiento. Además, el lenguaje adolescente profundiza la brecha generacional, reflejado en escenas como la de Frank explicándole a su padre el significado de los colores de los emojis en Instagram. La escuela, en la visión de Adolescencia, no es un espacio de aprendizaje sino de confusión, donde se transmite lo equívoco o donde no se aprende nada en absoluto. Se convierte en un símbolo del fracaso de la sociedad frente a la juventud.
El tercer capítulo transcurre en el centro de rehabilitación, donde Jamie es entrevistado por Briony Ariston (Erin Doherty), la psicóloga asignada a su caso. Con cada pregunta, el niño entra en un vaivén emocional. Cuando Jamie es retirado de la sala, Briony, afectada, se levanta y, a punto de vomitar, sale de la habitación. La escena muestra el límite de la capacidad profesional para comprender y acercarse a la psique adolescente.
Algunos meses después, durante el cumpleaños de Eddie Miller, la familia intenta celebrar con una cena o una salida al cine. Pero Lisa llama a su padre: alguien ha vandalizado la camioneta familiar con aerosol, tildándolo de "pidófilo" con errores ortográficos. La familia intenta mantener la normalidad, pero el acoso de los vecinos y la carga del caso los afectan cada vez más.
El cuarto episodio muestra una familia golpeada por la violencia, tratando de seguir con su vida. Acompañamos a los Miller en su rutina alterada: compran pintura para cubrir la pintada, Lisa se arregla para la celebración, Manda cocina como siempre. Pero una llamada de Jamie marca el punto de quiebre. En la última escena, Eddie, abrazando la ropa de su hijo, le pide perdón por haber fallado como padre.
Adolescencia impacta no solo por su historia, sino por la técnica con la que se cuenta. Barantini decide rodar cada episodio en una sola toma, en tiempo real, convirtiéndonos en testigos de la experiencia de los personajes. Caminamos o corremos con los policías mientras persiguen al niño que huye por la ventana, en una toma que recuerda a Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles. Vemos la golpiza que la amiga de Katie le da a un compañero, culpándolo por su muerte. Nos sentamos junto al acusado, viajamos en la camioneta familiar y presenciamos al padre derrumbarse en llanto sobre la cama de su hijo.
Adolescencia recuerda a Elephant (2003), de Gus Van Sant, por su uso del plano secuencia y el tiempo real, además de su exploración de la violencia juvenil. Pero aunque nos acerca físicamente a sus personajes, estos siguen siendo enigmáticos. Todos los involucrados, directa o indirectamente, en el caso, se muestran inmaduros e incapaces de manejar emociones y afectos. Incluso la sargento Frank, con frases como “todas las escuelas apestan a masturbación”, es reflejo de esa falta de control emocional.
Adolescencia no busca explicar el crimen ni justificar a sus personajes. Solo los expone. Su efecto es inquietante: nos sitúa ante un drama que podríamos ver en cualquier barrio, en cualquier ciudad. Nos hace percibir el dolor, pero al mismo tiempo nos distancia de él, generando una reflexión incómoda. Nunca un título fue tan breve y certero para definir una historia sobre la infantilización de una sociedad global de la que todos formamos parte.