Disney+
Crítica de "El Jockey": La travesía surrealista de Luis Ortega por los márgenes del éxito y la autodestrucción
"El Jockey" (2024), dirigida por Luis Ortega (Lulú, El Ángel), explora la vida de Remo Manfredini, un jockey legendario cuyo comportamiento autodestructivo lo lleva al borde de la perdición. Nahuel Pérez Biscayart brilla en una película que combina el drama personal con una estética surrealista, donde la identidad y la redención son los temas centrales.
Luis Ortega regresa con El Jockey, una película que introduce al espectador en un universo donde el éxito, el poder y la caída parecen ser partes inseparables de un ciclo autodestructivo. La historia sigue a Remo Manfredini, interpretado de manera única por Nahuel Pérez Biscayart, un jockey cuya trayectoria brillante en las pistas de carreras se ve empañada por sus propios excesos. Ortega construye una narrativa que, a través de momentos surrealistas, combina la realidad y lo absurdo, explorando temas profundos como la identidad y las consecuencias del éxito.
Remo Manfredini no se presenta como un héroe ni como un típico antihéroe. Su viaje, tanto físico como emocional, lo lleva a confrontar la pérdida de su reputación y, sobre todo, su identidad. Luego de sufrir un accidente en la carrera más crucial de su vida, Remo desaparece de manera enigmática del hospital y comienza a vagar por las calles de Buenos Aires. Esta desaparición no es solo un escape de sus deudas a su jefe mafioso, sino una búsqueda de sí mismo, donde la ciudad se transforma en un escenario simbólico de su caos interno. En este trayecto, Ortega convierte la historia en un viaje existencial más que en una redención tradicional. La transformación de Remo no implica necesariamente una resolución clara, sino un proceso incierto y abierto, en el que la identidad parece ser un espacio de permanente cuestionamiento.
La dirección de Ortega es una apuesta clara por una forma narrativa que desafía convenciones. Lejos de los cánones del drama deportivo o el thriller psicológico, El Jockey se construye visualmente a través de contrastes: lo grotesco y lo poético conviven en una atmósfera que, mediante planos simétricos y un uso deliberado de la saturación visual, fusiona lo onírico y lo tangible. Cada elemento visual, desde la música hasta el vestuario, juega un papel en la evolución de los personajes, en particular Remo, quien pasa por diferentes fases, tanto físicas como psicológicas, mientras se redefine a lo largo del film.
Nahuel Pérez Biscayart destaca con una interpretación contenida pero profunda. En su papel como Remo, logra transmitir las contradicciones internas de un hombre que ha alcanzado el éxito pero que se encuentra al borde del abismo. A través de su actuación, la degradación del personaje se siente palpable, pero sin excesos melodramáticos, lo que permite que la audiencia se conecte con su lucha interna. Su interpretación revela la vulnerabilidad de alguien que se enfrenta a sus propios límites, no a través de diálogos elaborados, sino mediante gestos y silencios que resultan más elocuentes.
El resto del elenco también cumple un rol clave en esta historia. Las interpretaciones de Úrsula Corberó, Daniel Giménez Cacho, Osmar Nuñez, Roberto Carnaghi, Daniel Fanego, Roly Serrano, Adriana Aguirre y Mariana Di Girolamo aportan matices que enriquecen el mundo que Ortega crea, desde lo excéntrico hasta lo íntimo. Sus personajes sirven de contrapunto a Remo, agregando capas de complejidad en una trama que evita la linealidad. La relación entre Remo y Sirena, su jefe mafioso, introduce una dinámica de poder y control que trasciende lo criminal y abre interrogantes sobre el precio del éxito.
El Jockey va más allá de la historia del turf o de la mafia. A través de la caída de Remo, Ortega plantea cuestiones universales sobre la identidad, el sentido de pertenencia y la constante batalla interna que cada persona libra consigo misma. La película se convierte en una reflexión sobre la fragilidad de la condición humana y la volatilidad de una realidad que puede colapsar en cualquier momento. Cada elemento narrativo y visual parece estar diseñado para desafiar al espectador a repensar los límites entre éxito y autodestrucción, entre lo que creemos ser y lo que realmente somos.
La obra de Ortega, lejos de ofrecer respuestas directas, propone una experiencia donde lo imprevisible y lo simbólico son esenciales en la configuración del relato. Con una visión singular y audaz, Ortega demuestra un control absoluto sobre su narrativa, haciendo de cada elección creativa una manifestación política de su rechazo a las convenciones narrativas tradicionales. En lugar de ajustarse a los esquemas predecibles del cine comercial, Ortega opta por un discurso visual y temático que desafía la comodidad y obliga a repensar los límites entre lo real y lo absurdo, lo personal y lo colectivo.