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Crítica de “La historia del sonido”: Paul Mescal y Josh O'Connor ante el eco íntimo de la memoria

En este drama romántico ambientado a comienzos del siglo XX, el cineasta explora la capacidad del sonido no solo para ocupar el espacio, sino para alterar la percepción del tiempo y fijar la memoria.

Crítica de “La historia del sonido”: Paul Mescal y Josh O'Connor ante el eco íntimo de la memoria
viernes 20 de febrero de 2026

“El sonido es invisible, pero puede ser físico. Puede tocar algo, dejar una impresión”. Esta afirmación, que parece suspendida entre lo filosófico y lo metafísico, sintetiza el núcleo conceptual de La historia del sonido (The History of Sound, 2025), dirigida por el sudafricano Oliver Hermanus (conocido por Moffie y Vivir).

En 1917, en los albores de la Primera Guerra Mundial, Lionel (Paul Mescal) y David (Josh O'Connor) se conocen en el Conservatorio de Boston, unidos por una devoción compartida por la música folclórica de la región. La conexión entre ambos es inmediata, pero no surge desde la palabra sino desde la armonía: la voz de uno encuentra en el piano del otro un cauce complementario. Allí donde el diálogo podría resultar insuficiente, la música construye un lenguaje propio que redefine la melancolía y la transforma en intimidad.

Con deliberada parsimonia, la película narra el romance de estos dos hombres que aprenden a encontrarse en el silencio, en los matices de una melodía o en la vibración de una nota sostenida. El viaje que emprenden por los bosques de Maine para recopilar canciones tradicionales —armados con una rudimentaria caja de música que registra las voces de los pobladores— adquiere una dimensión casi mítica. Como los gitanos de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, los protagonistas exhiben su artefacto con un halo de misterio: la máquina no solo graba canciones, sino que preserva fragmentos de vida destinados al olvido. En ese gesto hay una poética de la conservación, una resistencia frente a la fugacidad.

Hermanus construye una puesta en escena de belleza atmosférica, donde la luz y el ritmo contemplativo confieren solemnidad a cada plano. La naturaleza es un cuerpo sensible que dialoga con el sonido. El bosque respira al compás de las canciones; el viento y el crujir de las ramas se integran a la partitura emocional del relato. Así, imagen y sonido se funden en una experiencia sensorial que trasciende lo narrativo para volverse casi espiritual.

En el plano interpretativo, Paul Mescal dota a Lionel de una vulnerabilidad contenida, un dolor que apenas asoma en la mirada y que remite a la sensibilidad que ya había desplegado en Aftersun (2022). Su actuación se sostiene en los silencios, en los gestos mínimos que revelan una intimidad frágil. Josh O’Connor, por su parte, compone a David como una figura enigmática: objeto de deseo y, al mismo tiempo, territorio incierto. La química entre ambos es el verdadero motor del film; en ella se inscriben los anhelos y las frustraciones que surgen cuando el vínculo amoroso choca contra las imposiciones externas.

La guerra que irrumpe como amenaza inminente, el mandato social de formar una familia y la obligación de asumir responsabilidades en la granja funcionan como fuerzas centrífugas que los separan. Estructuras históricas que delimitan lo posible y condicionan el deseo.

La historia del sonido propone una conexión sensorial con la interioridad de sus personajes. La música —con sus tonos agridulces, su vibración coral y su capacidad de resonar más allá del instante— se convierte en el vehículo de esa exploración. El guion de Ben Shattuck, basado en su propio cuento homónimo, entiende que la emoción no se explica: se escucha, se siente, se prolonga como un eco. No es casual que uno de los personajes afirme que “la música te hace sentir la profundidad de los pensamientos”. En esa premisa descansa la película: en la certeza de que el sonido, aunque invisible, deja una huella poderosa en la memoria.

7.0
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