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Crítica de "Pobres criaturas", imaginería surrealista en el mágico mundo de Yorgos Lanthimos

"Pobres criaturas" (Poor Things, 2023) no pertenece al Yorgos Lanthimos al que estamos acostumbrados, con ideas brillantes pero exposición cansina; en cambio, se trata de alguien conformado totalmente por textura y superficie. Tampoco es una historia original, ya que se contó hace dos siglos en "Frankenstein" de Mary Shelley y hace uno en "La isla del Dr. Moreau" de H. G. Wells. Sin embargo, ofrece un marco de puro goce estético visual, gótico y erótico.

La trama sigue al Dr. Godwin Baxter (Willem Dafoe), cuyo rostro está marcado por profundas cicatrices al estilo del monstruo anónimo de Shelley. Su nombre es un homenaje a Samuel Godwin, padre de Mary. Baxter, con su ciencia amoral, resucita a la suicida Victoria, ahora llamada Bella (Emma Stone), a quien le implanta un cerebro infantil. La historia revela lo que Shelley dejó sin contar sobre su criatura endurecida. Bella, interpretada por Stone de manera a veces exagerada y a veces lúcida, se sumerge en la autoexploración sexual, mientras su pensamiento se expande al enfrentarse a las realidades del mundo.

Las escenas de la liberación de Bella, que viaja por el mundo, cambian de un blanco y negro barroco a un colorido expresionista. Aunque este mundo solo existe en su narrativa, evoca los escenarios artificiosos de la aventura del Barón de Munchausen en la película de Terry Gilliam (The Adventures of Baron Munchausen, 1988), con toques surrealistas en la arquitectura estilo Gaudí de la casa de Baxter.

La película conserva algunas obsesiones de Lanthimos, como la exploración de la sexualidad de los personajes y sus aportes técnicos distintivos. Sin embargo, el material original literario de Alasdair Gray, a través del guion de Tony McNamara, adopta un ambiente steampunk, aportando agilidad y una crítica continua a lo establecido. La historia resulta cautivadora, divertida y espeluznante, aunque su erotismo puede percibirse frío y distante.

Pobres criaturas refleja el reclamo de las creaciones al Dr. Moreau en "La isla de las almas perdidas", recuerda al mejor Tim Burton pero supera su recato inherente. Además, iguala la imaginería de El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014) de Wes Anderson y el feísmo gore y sexual de Carne para Frankenstein (Flesh for Frankenstein, 1973), la película de culto dirigida por Paul Morrisey para la fábrica de banalidades de Andy Warhol.

Posiblemente sea la mejor película de Lanthimos, un cineasta cuya obra oscila entre la genialidad amorfa y la burla, y el hecho de que no haya intervenido en el guion habla de la afortunada soltura que atraviesa la película.

8.0
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