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Crítica de “Rápidos y Furiosos 9” o la inexplicable continuidad de una saga inagotable

Concentrada en “la familia”, esta nueva entrega de una de las franquicias más exitosas de la industria hollywoodense, vuelve a basar su narrativa en una sucesión de incoherentes maniobras automovilísticas y sumar estrellas que aportan unos minutos de su fama al relato para decir presente en la sala y seguir sumando millones de dólares a los bolsillos de sus creadores.

jueves 24 de junio de 2021

Existen fenómenos inexplicables en la industria cinematográfica, como el caso de la saga Rápido y Furioso, con actores que lo que menos hacen es actuar, automóviles que lo que menos hacen es funcionar como tales, e indicios de la regurgitación de otros productos cinematográficos de antaño, de probado éxito, configurando un pastiche que apuesta a lo seguro.

Como guilty pleasure, muchos de los fanáticos, que esperan una y cada una de las sucesivas historias que se suceden a lo largo de los años, jamás le pedirán o exigirán a su líder, Vin Diesel que se destaque en un plano más que el de prestar su cuerpo a la propuesta. Nunca le reclamarán la falta de verosímil de las películas, y mucho menos, como en este caso, que los automóviles que forman parte del relato se desplacen con una lógica que se presume tendrían que tener, como hacerlo en caminos, rutas, calles, al contrario.

En Rápidos y Furiosos 9 (Fast & Furious 9, 2021), con Justin Li, una vez más tras las cámaras, los autos vuelan, superan las leyes de la gravedad y, además, en un punto también pasan a ser secundarios al enfocar la historia en el “desgarrador” pasado de Toretto (Diesel), con la pérdida de su padre, y un hermano que vuelve para recordarle que lo peor, aun en las mejores familias, suele acontecer dentro del seno de ella.

Entonces, entre villanos, la imposibilidad de continuar con su tranquilo reposo junto a su mujer (Michelle Rodriguez) y obligado a lidiar con cuestiones ajenas a sus planes, Rápidos y Furiosos 9 se exige transitar sus dos horas y medias anestesiando al espectador no fanático del producto para, sin siquiera advertirle, ofrecerle una espectáculo visual, plagado de pirotecnia, humor, velocidad y un sinfín de sorpresas, que en un punto se asemeja a esos envíos televisivos en los que se suceden bloopers o videos de catástrofes naturales.

Claro está que al salir de la sala, ese mismo espectador que celebra las proezas (y que son vitoreadas a viva voz, aun en las funciones privadas previas al estreno, que se realizan para que los “profesionales” puedan visualizar los films) continuará con su vida deseando que un  Toretto de la vida real se cruce en su camino para sumarse a las aventuras más increíbles del cine desde el origen del cine mismo, pero así tan rápido como salió de la sala, olvidará el porqué de la existencia de un cine que no sabe de verosímil ni de verdad, pero sí de explosiones y efectos especiales.

4.0
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