Crítica de "Buenas Costumbres": Pasa en las mejores familias
Basada en la obra teatral de Noël Coward estrenada en 1925, "Buenas costumbres" (Easy Virtue, 2009) retoma el texto que ya había tenido una primera adaptación cinematográfica a cargo de Alfred Hitchcock en 1928, cuando aún no era una figura central del cine de Hollywood.
Situada hacia el final de la Primera Guerra Mundial, la historia presenta a John Whittaker (Ben Barnes), un joven inglés de familia acomodada que contrae matrimonio de manera precipitada con una joven norteamericana, moderna y desinhibida. El conflicto se activa cuando llega el momento de presentarla ante sus padres: la aparente armonía inicial se transforma en un campo de tensiones, reproches velados y maniobras cruzadas dentro de un entorno social que, mientras se aferra a una moral rígida, oculta mecanismos de manipulación y secretos cuidadosamente administrados.
La película se inscribe dentro de una comedia de humor inglés apoyada en modismos y climas reconocibles, decisión que implica dejar en segundo plano buena parte del espesor dramático presente en la obra original. Esa elección funciona como un arma de doble filo: por un lado, potencia la ironía y el tono de humor negro; por otro, reduce el impacto emocional del relato. El guion privilegia diálogos que delinean a los personajes a partir de la mordacidad, un rasgo que remite de forma directa a su origen teatral y que estructura la narración más desde la palabra que desde la acción.
El resultado es una sátira social que expone, con humor constante, los rituales y escándalos de la alta sociedad, sin necesidad de subrayados. Stephan Elliott construye una puesta en escena precisa, con una ambientación que acompaña el desarrollo del conflicto y refuerza el clima de época. La música cumple un rol central en ese sentido: el uso de “You’re the Top”, de Cole Porter, no solo evoca el período sino que funciona como presentación simbólica del personaje femenino, eje narrativo del film.
Jessica Biel interpreta a una mujer autónoma, con iniciativa propia y una mirada que desentona con el contexto histórico que la rodea. Su figura introduce un choque cultural y generacional que el relato explora como principal motor dramático, aun cuando ese conflicto no siempre alcance la profundidad que promete. En ese contraste reside el mayor interés de la película: la fricción entre tradición y cambio, entre apariencias y deseos, que sostiene una propuesta eficaz en su tono, disfrutable en su desarrollo y, al mismo tiempo, de impacto limitado una vez concluida.