2026-02-05

Festival de Rótterdam 2026

Crítica de "A paixão segundo G.H.B.": Gustavo Vinagre entre el sexo, las drogas y la política

Gustavo Vinagre, a quien conocemos por –entre otras películas- La rosa azul de Novalis (2018) y Tres tristes tigres (2022), está presente en la 55 edición del Festival Internacional de Cine de Rotterdam con dos películas. Ambas fueron programadas en la enorme, diversa y heterogénea sección Harbour (Puerto) que, celebrando la identidad de esta ciudad, apuesta a un cine sin límites ni fronteras, alejado de todo prejuicio, inclusivo y desafiante. Ambas también fueron codirigidas con otro realizador. En el caso de Bowels of Hell (Privadas de suas vidas, 2026), trabajó con Gurcius Gewdner; mientras que en The Passion According to G.H.B. (A paixão segundo G.H.B., 2026) colaboró con Vinicius Couto, a quien conoció durante el rodaje de Dios tiene SIDA (2021).

Ya en el propio catálogo del festival hay un aviso con una tipografía que llama a prestar especial atención bajo el título “Guía de contenido”. Allí se advierte: “Esta película posee contenido sobre temas potencialmente delicados”. Luego, sin embargo, el resumen de la trama de la película es bastante discreto y ascético: “Un encuentro sexual se convierte en un trío; el trío se convierte en una orgía. En esta odisea gay de realismo mágico en un dormitorio, Matías recuerda sus encuentros pasados y reflexiona sobre su futuro, mientras habla con un personaje ficticio de la literatura brasileña”.

El asunto es mucho más potente que lo que aquel resumen indica. Si bien el raro objeto creado por Gustavo Vinagre y Vinicius Couto se desenvuelve en San Pablo, la acción se desarrolla entre las cuatro paredes blancas de un departamento. Sabemos que estamos en San Pablo porque así lo dicen los protagonistas y porque desde la ventana vemos los altos edificios y la frondosa vegetación. El hilo narrativo comienza haciendo foco en Matías, brasileño que ha vivido en Portugal que disfruta especialmente del “chemsex”, esto es, el uso de drogas psicoactivas para amplificar y mejorar las experiencias sexuales.

Esta práctica se ha expandido especialmente luego de la pandemia del COVID. Así, vemos las charlas al respecto de Matías con los amigos que recluta a través de Grindr. El protocolo con cada nuevo compañero parece ser el mismo: desnudarse, preguntar sobre la droga de preferencia y comentar que son HIV positivo (en el caso, todos lo son). Matías relata sus experiencias y encuentros pasados a sus nuevos amantes. Las charlas derivan en múltiples encuentros sexuales, que son mostrados sin tapujos, con una naturalidad documental.

Los directores destacaron, al presentar la película y en las preguntas y respuestas que siguieron a la proyección, la importancia de hablar sobre estas drogas químicas. Lejos de la moralina (sin dudas nada de eso puede serles endilgado), no dejaron de manifestar su preocupación en torno a lo que consideran casi una nueva pandemia que está matando a muchos (por sobredosis, o llevando al suicidio) dentro de la comunidad. Según Vinagre, se trata (un poco –a su entender-como con la aparición del SIDA) de una herramienta del capitalismo para perseguir y discriminar a los homosexuales. Y ahí reside la contradicción de la que la película se hace cargo: ¿cómo tratar el tema sin pararse en el púlpito o bajar línea con algo que hace a la libertad de cada uno en torno a cómo llevar adelante su vida? ¿Cómo denunciar sin perseguir esas elecciones, en principio, libres?

Así, mientras las escenas de sexo son absolutamente explícitas y directas, todo lo que se vincula con las drogas es puesto en escena a través de la mímica. Los protagonistas aspiran, fuman y se inyectan sustancias invisibles. Hablan de un sinfín de químicos y drogas que todos conocen y han probado (y que, debo confesar, en muchos casos no había escuchado siquiera mentar). Y que fingen consumir en escena. ¿Es entonces una contradicción querer poner un tema en el centro de la discusión y eludirlo, ocultarlo, no mostrarlo? Entiendo que no. La decisión política es otra: el sexo es real, el sexo es natural, el sexo es vida. Por eso es mostrado de ese modo. Estas específicas drogas (contra las que de alguna manera se advierte) no. Y es por eso que es tan potente el momento en el que de la “ficción” (absolutamente improvisada sobre unas líneas pre-establecidas) se pasa al documental. Las imágenes del principio son proyectadas para Jesse, un joven adicto que, según cuenta, tenía tantas infecciones que los propios médicos le diagnosticaron que era un milagro que estuviera vivo. Sus palabras frente a lo visto nos golpean y atraviesan. Es más: lo que a nosotros nos había parecido demasiado fuerte para él es una versión un poco superficial y edulcorada de la realidad…

Mucho para pensar, mucho para discutir y mucho para debatir respecto de una película única e inasible. En ese contexto, no resulta extraño a ese universo la aparición de G.H., el personaje ficticio de la novela de Clarice Lispector de 1964 La pasión según G.H. La película, en cierta medida, diluye los límites de la pretendida ficción, disuelve las fronteras entre los personajes, pero también las que se encuentran dentro de ellos mismos.

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