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Crítica de "Tampoco tan grandes": una herencia que cambia de rumbo
En la segunda ficción de Federico Sosa, Lola viaja a Mar del Plata para firmar los papeles de una herencia y termina rumbo a Bariloche con su exnovio, las cenizas de su padre y el hombre con quien él vivía. La película encuentra en el humor y en sus cuatro intérpretes una manera de hablar del duelo, aunque pierde parte de su impulso cuando el viaje empieza a seguir un recorrido previsible.
Lola (Paula Reca) cree que el viaje a Mar del Plata se resuelve con una firma. Su padre acaba de morir, le dejó una herencia y, para hacer el trámite, decide llamar a Teo (Andrés Ciavaglia), su exnovio. En la oficina se entera de que su padre vivía con Natalio (Miguel Ángel Solá), que le pide llevar las cenizas hasta un lago de Bariloche. Cuando Rita (María Canale), la hermana de Teo, se suma al viaje, lo que iba a ser una diligencia de unas horas se convierte en una convivencia que ninguno de los cuatro había previsto.
Segunda película de ficción de Federico Sosa, después de Yo sé lo que envenena (20213), y primer largometraje de Ayar Stories, Tampoco tan grandes (2018) reúne a Máximo Reca, guionista, y Paula Reca, protagonista, también a cargo de la producción. La película cruza la historia de amor entre dos exnovios con una pregunta que se abre a partir del encuentro con Natalio. ¿Qué puede saber Lola de su padre a través del hombre que compartió su vida? Esa pregunta le da al viaje algo más que un destino. Mientras lleva las cenizas, Lola tiene que hacerle lugar a una versión de su padre que hasta entonces desconocía.
El título alude a la manera en que Lola y Teo se las arreglan con las responsabilidades que el viaje les pone delante. Basta con que ella lo llame para que él vuelva a ocupar un lugar en su vida, aunque ninguno tenga del todo claro qué lugar es ese. El humor funciona mejor cuando nace de esa indefinición y de los roces entre los cuatro. La furgoneta escolar, que le da a la película parte de su aire retro, también cumple una función dramática. En ese espacio, incluso después de una discusión, todos tienen que seguir viajando juntos.
Paula Reca sostiene la película en el paso de la comedia al drama. Deja que la torpeza de Lola haga reír y, a la vez, permite entrever cuánto le cuesta saber qué hacer con lo que acaba de descubrir. Miguel Ángel Solá le da peso a Natalio desde el propio pedido que pone en marcha el viaje. Mientras Lola empieza a conocer una parte de la vida de su padre, él está tratando de despedirse del hombre con el que vivió. Andrés Ciavaglia y María Canale completan un cuarteto que encuentra en los cambios de tono una forma de mostrar lo que a los personajes les cuesta decirse.
El comienzo tiene un ritmo que la película sostiene mientras cada contratiempo altera el plan de Lola. A medida que se acerca a Bariloche, el itinerario emocional se vuelve más fácil de anticipar. Se adivina qué conversación falta y qué reconciliación prepara el camino. Aun así, Sosa recupera algo del pulso inicial en las escenas breves, cuando un gesto o un intercambio en la furgoneta alcanza para mostrar que algo cambió entre los viajeros. Ahí Tampoco tan grandes transmite mejor la mezcla de afecto e incomodidad de cuatro personas que, antes de poder despedirse, tienen que aprender a acompañarse.