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Crítica de “La Gradiva”: Marine Atlan y la adolescencia frente al espejo de la historia
Ganadora de la Semana de la Crítica de Cannes 2026, esta coproducción entre Francia e Italia, combina el relato de formación con la búsqueda de los orígenes familiares
En su ópera prima, la directora Marine Atlan propone con La Gradiva (2026) un viaje de iniciación por Nápoles y Pompeya en el que las ruinas de la Antigüedad se convierten en un espejo de los deseos, las incertidumbres y los conflictos de un grupo de adolescentes.
Con un elenco integrado mayoritariamente por actores no profesionales, la película encuentra en los gestos, las miradas y los silencios una forma de retratar una etapa en la que las emociones suelen preceder a la capacidad de comprenderlas. Durante un viaje escolar a Italia, Toni, James y Suzanne atraviesan distintas experiencias que modifican su relación con ellos mismos y con el grupo. El desplazamiento físico funciona como una transición entre la escuela y la universidad, entre la adolescencia y una adultez todavía incierta.

Toni, el personaje central, inicia una búsqueda de sus orígenes que lo conduce hasta la historia de la familia Montorsi y el pasado de su abuela. James, en cambio, enfrenta las incertidumbres vinculadas con la sexualidad y el deseo, mientras Suzanne, marginada por su propia percepción de la belleza, encuentra en el dibujo una forma de observar y transformar su experiencia. Sus recorridos expresan distintas maneras de atravesar una etapa en la que ninguna identidad parece definitivamente establecida.
El título remite a la novela corta Gradiva (1903), del escritor alemán Wilhelm Jensen, cuya protagonista se vincula con la imagen de un bajorrelieve grecorromano. La figura, cuyo nombre suele traducirse como «la que camina» o «la que avanza», adquirió relevancia a partir de la interpretación psicoanalítica de Sigmund Freud y de su posterior influencia en el surrealismo. Atlan recupera esa tradición para relacionar imagen, deseo e inconsciente. Las pinturas, las estatuas y los cuerpos representados en Pompeya funcionan como superficies de proyección sobre las que los adolescentes depositan sus propias inquietudes.

Esta idea se extiende a Nápoles, una ciudad que Atlan presenta lejos de cualquier idealización turística. Sus calles, el puerto y los recorridos nocturnos componen un paisaje donde conviven la religión, el fútbol, la figura de Maradona y una cultura popular atravesada por múltiples temporalidades. La presencia del Vesubio y la memoria del terremoto de 1980 vinculan la historia del territorio con las experiencias privadas de los personajes. La destrucción de Pompeya introduce, además, una paradoja: la erupción que acabó con la ciudad permitió preservar sus huellas durante siglos.
Marine Atlan desplaza progresivamente la atención de las ruinas hacia quienes las observan. Pompeya no es simplemente la reconstrucción de un mundo muerto, sino un espejo imperfecto en el que los jóvenes proyectan sus deseos, sus temores y sus preguntas sobre el futuro. La película enlaza así el relato de iniciación con una reflexión sobre la identidad, la memoria y la imposibilidad de comprender el pasado sin las mediaciones del presente.

Como la figura que inspira su título, los personajes avanzan sin conocer del todo la dirección de sus pasos. En esa incertidumbre reside la fuerza del film: la adolescencia como un territorio de promesas y pérdidas, donde las certezas comienzan a resquebrajarse y la identidad permanece abierta a nuevas interpretaciones.