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Crítica de "La virgen de agosto": Pongamos que hablo de Madrid

En "La virgen de agosto", Jonás Trueba sigue a una actriz que permanece en Madrid durante el verano para revisar sus deseos y vínculos. Entre fiestas, conversaciones y recorridos, la ciudad se convierte en un espacio donde ensayar otra forma de vivir.

Crítica de "La virgen de agosto": Pongamos que hablo de Madrid
jueves 08 de octubre de 2026

En La virgen de agosto (2019), su quinta película, Jonás Trueba convierte la permanencia en Madrid durante el verano en una oportunidad para revisar la propia vida. El director de Los ilusos y La reconquista sigue a Eva (Itsaso Arana), una actriz que, a punto de cumplir 33 años, se instala en una casa prestada y decide pasar la primera quincena de agosto en su ciudad. Mientras otros se marchan, ella ensaya una forma de quedarse sin repetir sus rutinas.

La elección altera el sentido de las vacaciones. Eva no necesita viajar para tomar distancia: el cambio de vivienda y la disponibilidad de tiempo le permiten recorrer Madrid desde otra posición. Visita lugares, conoce personas y se reencuentra con amigos y exparejas. Cada encuentro introduce una pregunta sobre sus deseos, su trabajo y los vínculos que conserva. La ciudad deja de funcionar como un escenario conocido y se convierte en un espacio donde probar otras maneras de habitar el presente.

Trueba construye ese recorrido al margen de la postal turística. Las fiestas de agosto, los conciertos en la Plaza de la Paja y las celebraciones religiosas conviven con conversaciones sobre cine, baños en el río, una sesión de reiki y tardes al sol. La película encuentra su materia en el tiempo que Eva dedica a escuchar, observar y dejarse acompañar. Los acontecimientos adquieren sentido por lo que despiertan en ella, más que por su capacidad para impulsar una trama.

Como en otras obras del director, la música interviene tanto en la banda sonora como en la organización del relato. Las conversaciones, los silencios y los desplazamientos componen un ritmo que alterna la participación en la vida de la ciudad con momentos de recogimiento. Trueba acompaña a Eva sin convertir cada duda en una explicación ni cada encuentro en una revelación. Su búsqueda se expresa en gestos, pausas y decisiones cuyo alcance no siempre se conoce de inmediato.

Itsaso Arana sostiene esa relación entre lo que el personaje dice y lo que todavía no consigue formular. Eva recorre Madrid mientras revisa sus sentimientos y se pregunta qué espera de la etapa que está por comenzar. La película concede espacio a esas vacilaciones sin resolverlas mediante discursos sobre el sentido de la vida. La aparente falta de acontecimientos permite atender a un proceso que transcurre por debajo de las conversaciones: la posibilidad de reconocer un deseo antes de saber cómo llevarlo adelante.

Organizada en capítulos diarios, La virgen de agosto comienza el primer día del mes y concluye el 15, fecha de la Asunción de la Virgen. Ese calendario enlaza la experiencia de Eva con las celebraciones que atraviesan la ciudad y prepara el sentido de la escena final. La referencia religiosa del título encuentra allí una resonancia en el cuerpo femenino y en la posibilidad de un comienzo. Después de dos semanas de recorridos y encuentros, quedarse en Madrid ha sido también una forma de ponerse en movimiento.

8.0
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