Festival de San Sebastián
Crítica de “Lo dejamos acá”: Ricardo Darín y Diego Peretti en una comedia psicológica que se vuelve thriller
La película de Hernán Goldfrid parte de una atractiva mirada sobre el psicoanálisis y construye una sólida dupla protagónica, pero su giro hacia el thriller termina debilitando una propuesta que prometía mucho más.
Ricardo Darín y Diego Peretti se ponen bajo la orden de Hernán Goldfrid (con quien ya habían trabajado en Tesis sobre un homicidio y Música en espera, respectivamente) en Lo dejamos acá (2026), una película que promete mucho, pero pierde interés a medida que avanza.
El psicoanálisis tiene un largo y apreciable recorrido en el universo audiovisual. Sin contar los filmes que, de algún modo, llevan marcada buena parte de su impronta (con la filmografía de Woody Allen como caso primordial), películas como la reciente Vida privada de Rebecca Zlotowski, Un método peligroso de David Cronenberg o Analízame de Harold Ramis tematizan la figura del psicoanalista, casi siempre haciendo foco en la distancia entre su marco teórico y cómo lo pone en práctica.
Es aquel binomio lo que se muestra corroído al comienzo de Lo dejamos acá, cuando el prestigioso Ulises Verón (Darín) decide, en plena ceremonia de premiación de una fundación, desistir de recibir su galardón, motivado por la idea de que durante buena parte de su carrera “no actuó”, sino más bien habló sin poder ayudar a sus pacientes (se refiere particularmente a uno, que no terminó demasiado bien…). En ese mismo evento está Martín Bouchard (Peretti), un celebrado novelista que no tardará en presentarse en su estudio, aquejado por la falta de inspiración con la que antes (alcohol mediante) pudo construir toda una carrera. Se le ofrecerá iniciar sesiones de un valor excesivo, aunque él esté dispuesto a pagarlas (cuando veamos su departamento, sabremos que dinero no es lo que le falta), aún a costa de sufrir una serie de intromisiones disfrazadas de terapia.
Las cartas están echadas en los primeros diez minutos, en los que el guion de Emanuel Diez nos presenta una galería de personajes secundarios como pacientes (por ahí se ven a Inés Efrón, Pata Echegoyen, Andrés Granier) que permiten delinear este “psicoanálisis pragmático” de aristas bastante cuestionables con la que Verón los asiste. También hay una conductora de televisión en la piel de Andrea Politti que apunta con ánimo el segmento de preguntas y respuestas hacia el licenciado estrella, y una hija/asistente (Antonia Bengoechea, sobrina en la vida real del actor) que opera como contorno moral de su jefe/padre/mentor. Todos ellos -hay que decirlo- están muy bien, al igual que la dupla protagónica que, si bien construida sobre arquetipos bastante identificables, logra tener algunas escenas muy bien resueltas.
Con una premisa poderosa y personajes sólidos, nada podía fallar, ¿o sí? Da la sensación de que Goldfrid -notable en el manejo de puesta en escena, capaz de evadir la estética televisiva en los momentos tête-à-tête y filmar la urbanidad nocturna como pocos- hace lo mejor que puede, pero el pasaje a thriller no termina de hacer de lo que vimos previamente un todo orgánico, como si se confundiera el in crescendo con parodia, y el relato se viera obligado a integrar las obsesiones del psicoanalista y de su paciente en lo que, se supone, será el non plus ultra de sus manías. Ahí es cuando los personajes se convierten en títeres y se extraña la carnadura con la que creímos que se los acompañaría hasta el final.