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Crítica de "Soy ella": la delicada mirada de Cecilia Pinotti sobre La Kalo

Cecilia Pinotti filma durante años a La Kalo y encuentra, entre la actuación y la vida cotidiana, una forma de pensar la identidad sin fijarla en una definición.

Crítica de "Soy ella": la delicada mirada de Cecilia Pinotti sobre La Kalo
viernes 25 de septiembre de 2026

Hay películas que no se construyen desde la urgencia de la agenda ni desde la tesis declamativa, sino desde el privilegio del tiempo compartido. Soy ella (2026), documental de Cecilia Pinotti, pertenece cabalmente a esa estirpe. Filmada a lo largo de varios años, la película se propone un ejercicio de observación paciente sobre La Kalo, una mujer trans del conurbano bonaerense, capturando su andar entre los márgenes del escenario y las vicisitudes de lo cotidiano. Lejos de la condescendencia o el sociologismo fácil, Pinotti entiende que el cine es, ante todo, una cuestión de distancia justa; y es justamente a partir de esa cercanía sostenida que la obra encuentra su razón de ser.

Ese pacto de confianza entre realizadora y protagonista se traduce directamente en una puesta en escena que elude los artilugios explicativos. El montaje no busca justificar de inmediato los desplazamientos de La Kalo, sino que prefiere presentarla primero ante el mundo —en la calle, en el transporte público, en la ruta o en una atmósfera nocturna atravesada por luces y neones— para dejar que el entorno plantee las preguntas. De este modo, la cámara dialoga de manera orgánica con los espacios: alterna planos cerrados, casi táctiles, que se detienen en los gestos, la vestimenta y los tatuajes de la protagonista, con otros abiertos que la empequeñecen frente a fachadas y paisajes áridos. Ese contraste constante entre el cuerpo y el territorio se convierte, así, en el verdadero motor narrativo del film.

Conforme la película avanza en su recorrido, esa misma fluidez espacial se traslada al terreno de los vínculos. Pinotti acompaña los procesos de su protagonista sabiendo que la identidad no es un casillero fijo, sino una construcción en permanente movimiento. Por ello, el documental evita los diálogos forzados o las entrevistas de bustos parlantes, prefiriendo confiar en la acumulación de pequeñas situaciones y en relaciones que asoman de manera elusiva.

Sin estridencias ni bajadas de línea, Soy ella logra aquello que distingue al mejor cine de lo real: unir la forma con el fondo de manera indisoluble. Al final del trayecto, mientras La Kalo transita su camino de transformación, la mirada del propio espectador también se modifica. Es un documental noble, de esos que entienden que el cine contemporáneo no necesita subrayar sus temas cuando la puesta en imágenes tiene la fuerza, la honestidad y el pudor necesarios para hacer resonar la complejidad humana.

7.0
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