Festival de Cine Alemán
Crítica de “El hombre que se desvanece”: la convivencia entre la memoria, el deseo y la vejez
La ópera prima de Welf Reinhart combina drama y comedia para explorar, a través de un inesperado triángulo afectivo, la memoria, el deseo y las distintas formas de vivir el amor en la vejez.
El hombre que se desvanece (A Fading Man, 2026), ópera prima de Welf Reinhart, oscila entre el drama y la comedia y transita con notable equilibrio un amplio abanico de emociones.
Kurt (Harald Krassnitzer), un hombre con demencia, vuelve a la vida de su exesposa Hanne (Dagmar Manzel) sin recordar que están divorciados. La inesperada convivencia con su actual pareja, Bernd (Agosto Zirner), abre la posibilidad de enfrentarse a nuevas formas de entender los vínculos, pero también pone en tensión aquello que cada uno creía establecido.
A partir de su trío protagonista, la película plantea por un momento la posibilidad de vivir la tercera edad de una manera diferente, sin prejuicios sociales ni formas predeterminadas de entender el amor. Pero esa libertad no resulta tan sencilla cuando cada personaje se encuentra en una frecuencia distinta y lo que para uno puede significar una oportunidad, para otro puede convertirse en una amenaza.
Hanne y Bernd son una pareja longeva y establecida: él es pastor y ella artista. Se encuentran en un momento de sus vidas en el que parecen haber alcanzado cierta estabilidad cuando aparece Kurt, una expareja de Hanne que regresa casi de la nada y en una situación de extrema vulnerabilidad. Tiene Alzheimer y demencia, recuerda pocas cosas y vive muchas situaciones con la espontaneidad de un niño. Su hija es difícil de contactar y, ante la falta de alternativas, Hanne y Bernd permiten que se quede con ellos por un tiempo. Sin embargo, la presencia de Kurt comienza a modificar el equilibrio de la pareja y, con él, también regresan recuerdos, deseos y posibilidades que Hanne creía pertenecientes al pasado.
El conflicto más interesante aparece justamente porque ninguno de los tres ocupa un lugar completamente definido. Kurt ya no puede reconstruir su propia historia, pero su cuerpo y su presencia funcionan como una suerte de memoria viviente para Hanne. Bernd, en cambio, debe convivir con alguien que pertenece al pasado de su pareja y que, paradójicamente, ya no recuerda ese pasado. Mientras Kurt se mueve con una libertad que surge de no comprender del todo las reglas sociales, Hanne queda atrapada entre aquello que fue y lo que construyó en el presente. Bernd, por su parte, debe decidir hasta dónde llega la empatía y dónde comienza la necesidad de proteger su propia relación.
Con un tono tierno y un ritmo pausado, pero bien concatenado, van surgiendo situaciones que ponen a prueba las distintas formas de vivir y comprender el amor. La película encuentra allí su mayor interés: no presenta los vínculos afectivos como algo cerrado por el paso del tiempo, sino como una construcción que puede transformarse incluso cuando parece que todo ya está decidido. La enfermedad de Kurt no funciona solamente como un conflicto argumental, sino también como aquello que desarma las certezas de los otros dos personajes.
Así, la reflexión sobre cómo vivir la última etapa de la vida aparece inevitablemente ligada al deseo de seguir experimentando. Pareciera que no existe una única manera de hacerlo, sino que también en la vejez es posible dejarse llevar como si todavía hubiera algo por delante. Pero Reinhart no presenta esa posibilidad de manera ingenua: cada nueva experiencia implica revisar límites, aceptar al otro y asumir que el amor también puede adquirir formas inesperadas. En esa tensión entre memoria y olvido, entre lo que se desea y lo que se puede compartir, El hombre que se desvanece encuentra una manera sensible de hablar sobre tres personas que, de diferentes formas, todavía están aprendiendo a vivir.