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Crítica de “Bunker”: Javier Bardem y Penélope Cruz, atrapados entre los muros de un matrimonio en crisis

En su tercer largometraje, y el primero que no adapta una de sus obras teatrales, Florian Zeller reúne a Javier Bardem y Penélope Cruz para explorar el miedo, la desigualdad y el desgaste conyugal. Sin embargo, “Bunker” explica demasiado y deja poco espacio para la ambigüedad.

Crítica de “Bunker”: Javier Bardem y Penélope Cruz, atrapados entre los muros de un matrimonio en crisis
EscribiendoCine-Noticine
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martes 08 de septiembre de 2026

Bunker (2026), tercer largometraje del francés Florian Zeller y el primero que no adapta una de sus obras de teatro, reúne a Javier Bardem y Penélope Cruz como un matrimonio en crisis. El resultado, sin embargo, permanece en una superficie reluciente que apenas roza los temas que pretende abordar. Es una película que habla mucho, pero dice poco; construye metáforas y luego las señala para que nadie las pase por alto.

La historia presenta a Miguel, un arquitecto de fama mundial radicado en Londres, y a Sofía, una editora literaria que dejó su carrera en Madrid para acompañar el crecimiento profesional de su marido. Tienen dos hijas, una casa victoriana reformada con precisión y una vida que, en apariencia, responde al modelo del éxito. Debajo de esa fachada de cristal y acero, sin embargo, se acumulan las grietas.

Miguel recibe el encargo de diseñar un búnker de lujo en Hawái para un multimillonario tecnológico que teme el colapso de la civilización. Sofía interpreta el proyecto como una traición a los valores que creía compartir con su esposo y se opone. Al mismo tiempo, Toby, el vecino de la casa contigua, abre un hueco en la pared que separa ambas propiedades para instalar una ventana. El gesto, entendido por Miguel como una invasión, activa su paranoia y lo enfrenta con las contradicciones de su privilegio.

Zeller ha citado Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, como una de sus inspiraciones, y la referencia puede advertirse en la decisión de colocar a una pareja de la vida real en el centro de un drama conyugal que avanza hacia la ruptura. Pero mientras Kubrick trabajaba desde la ambigüedad y permitía que las imágenes produjeran sentido, Zeller verbaliza cada conflicto hasta neutralizarlo.

El director, formado en espacios escénicos donde la palabra organiza la acción, no consigue trasladar por completo ese recurso al lenguaje cinematográfico. Los diálogos reiteran lo que la puesta en escena y las actuaciones ya habían comunicado. La explicación reemplaza a la sugerencia y el subrayado limita la participación del espectador.

La química entre Bardem y Cruz es el eje que sostiene la película. La complicidad construida durante años de vida en común y trabajos compartidos —desde Jamón, jamón hasta Loving Pablo, pasando por Vicky Cristina Barcelona— se traduce en una interacción que mantiene en pie incluso los pasajes más forzados del guion.

Un extenso enfrentamiento, en el que Miguel y Sofía discuten en español sobre el futuro de su relación, funciona casi como una pieza teatral autónoma. La secuencia muestra lo que Bunker podría haber sido si Zeller hubiera confiado más en sus intérpretes y menos en sus mecanismos argumentales. Allí las palabras no solo explican: también exponen heridas, resentimientos y años de concesiones. El resto del metraje, en cambio, tiende a deshacer ese trabajo al repetir mediante diálogos aquello que las miradas y los silencios ya habían expresado.

Bunker encuentra algunos momentos de interés cuando se aproxima a la comedia negra. La obsesión de Miguel por la seguridad doméstica, que lo lleva a instalar cañones de niebla para disuadir a posibles intrusos, introduce un componente absurdo dentro del conflicto. También funciona la aparición de Paul Dano como el multimillonario tecnológico, construido a partir de una combinación de comportamiento infantil, aislamiento y dificultad para relacionarse. La caricatura consigue plantear con mayor precisión varias de las contradicciones que el film intenta desarrollar desde el discurso.

El problema de fondo persiste. Bunker quiere hablar del miedo al otro, la desigualdad, la desconexión social y la hipocresía de quienes levantan muros mientras defienden la apertura. Pero aborda esas cuestiones mediante consignas y oposiciones previsibles. Las ideas están presentes, aunque pocas veces se integran de manera orgánica con los personajes.

Toby, interpretado por Stephen Graham, representa el resentimiento de clase, pero el guion lo reduce a una acumulación de rasgos reconocibles. Su presencia debería introducir matices en el conflicto social, aunque termina funcionando como una figura diseñada para confrontar a Miguel con sus contradicciones. Algo similar ocurre con el joven escritor estadounidense que intenta seducir a Sofía. El personaje de Patrick Schwarzenegger queda limitado a pronunciar frases sobre el sentido de la vida que difícilmente superarían la lectura de una editora.

También hay un problema de ritmo y definición genérica. Bunker oscila entre el drama conyugal, el thriller psicológico y la comedia negra sin consolidar una identidad. Zeller, que en El padre utilizó la fragmentación narrativa para sumergir al espectador en la experiencia de la demencia, aquí parece más interesado en cumplir con las convenciones de cada género que en tensionarlas.

Aun así, la película cambia cuando Bardem y Cruz ocupan el centro de la escena. Durante una fiesta, Sofía escucha a su marido contar la historia de su primer encuentro. Mientras él habla, ella lo observa con una combinación de afecto y distancia. En su rostro aparecen el cansancio de las concesiones y el peso de una vida que ya no reconoce como propia.

Ese instante contiene más información sobre el matrimonio que las metáforas alrededor de búnkeres, paredes y ventanas. Es uno de los pocos momentos en los que Bunker permite que sus ideas y sus personajes se encuentren sin necesidad de explicarlos.

5.0
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