Teatro San Martín

Crítica de "La lluvia de fuego": un folletín surrealista bajo la mirada de Marilú Marini

Marilú Marini lleva a escena el folletín surrealista de Silvina Ocampo y Juan José Hernández, donde el deseo y el crimen sellan una alianza femenina.

Crítica de "La lluvia de fuego": un folletín surrealista bajo la mirada de Marilú Marini
PH: Carlos Furman
PH: Carlos Furman
sábado 29 de agosto de 2026

En La lluvia de fuego, el deseo no abre una puerta hacia el exterior: deforma la casa desde adentro. La pieza de Silvina Ocampo y Juan José Hernández puede leerse como un folletín sobre dos mujeres que reorganizan el mundo doméstico después del abandono y la violencia masculina. Marilú Marini reúne el melodrama, el crimen y el humor dentro de una lógica surrealista. La casa se convierte así en la extensión de sus habitantes: allí la fantasía altera los objetos y la espera de un hombre desemboca en una alianza femenina.

Adelaida, una mujer rica y sensual conocida como “la Greta Garbo” del barrio, vive con su criada, Predefinda, tras ser abandonada por su marido. La llegada de Marcelo, un joven vendedor de verduras, interrumpe su encierro. Para retenerlo, Adelaida inventa un crimen que pueda unirlos, pero la ficción se vuelve real cuando él responde con violencia. Predefinda lo envenena y ambas queman el cuerpo en el horno de cerámica. Ocampo y Hernández toman recursos del folletín —secretos, simulaciones, pasiones y amenazas— y los desplazan hacia una intriga donde el crimen importa menos que el pacto entre las protagonistas.

La puesta se aleja del realismo desde su concepción espacial. La escenografía y el vestuario de Oria Puppo construyen una vivienda a medio camino entre el salón burgués, el jardín de invierno y un paisaje mental. Plantas, plataformas y puertas componen un espacio que contiene y exhibe a los personajes. En el centro simbólico se encuentra el horno de cerámica, destinado primero a modelar objetos y luego a destruir un cuerpo: creación y desaparición quedan unidas en un mismo instrumento. La iluminación de Sol Lopatín acompaña ese desplazamiento. Los tonos ocres sostienen la apariencia doméstica, mientras los verdes, violetas y contraluces abren el terreno de la fantasía. Las plumas, los anteojos blancos, las batas bordadas y los bigotes remiten al melodrama y al cine de otra época sin fijar una reconstrucción histórica precisa.

Marini traslada ese artificio a las actuaciones. Valeria Lois compone a Adelaida mediante la tensión entre el control social y un cuerpo que lo desmiente: arquea la espalda, amplía los gestos, cae al suelo y convierte el deseo en representación. Cada hombre parece ocupar un papel dentro de una fantasía concebida por ella. Carolina Saade, como Predefinda, funciona como contrapunto: observa, ordena y mantiene una relación práctica con la realidad. Sin embargo, su posición lateral termina siendo decisiva. Adelaida imagina el crimen y la criada lo ejecuta; una produce el relato y la otra resuelve sus consecuencias. Los hombres, en cambio, aparecen como figuras de un repertorio organizado alrededor de la seducción, la impostura y la amenaza.

La lluvia de fuego es una puesta consistente, sostenida por el diálogo entre espacio, vestuario, iluminación y actuación. Marini conoce el texto —Adolfo Bioy Casares le entregó una copia mecanografiada con correcciones de Ocampo y ella lo protagonizó en Francia en 1997— y evita convertirlo en una pieza de museo. Su dirección desarrolla una lectura sobre el deseo femenino, la diferencia de clase y la intimidad construida al margen de los hombres. El énfasis visual y gestual vuelve por momentos demasiado explícita una rareza que en Ocampo suele irrumpir sin aviso, pero el montaje conserva la ambigüedad entre comedia, melodrama y pesadilla doméstica. La imagen que permanece no es la del cadáver consumido por el fuego, sino la de dos mujeres que dejan de esperar y hacen del encierro un territorio compartido.

7.0
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