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Crítica de "Fin de siglo": Lucio Castro y el amor (en tres partes)
Un relato disruptivo que juega con las temporalides es la propuesta de Lucio Castro en "Fin de siglo" (2019), película de temática LGBTQI filmada en Barcelona que aborda tópicos como la sexualidad, la familia, la enfermedad, el deseo y la transformación del amor a través del tiempo.
En Fin de siglo, Lucio Castro toma una historia de encuentros amorosos aparentemente sencilla para convertirla en un ejercicio sobre la memoria, el deseo y las posibilidades que el tiempo ofrece —o arrebata—. Lo que comienza como el encuentro casual entre dos hombres en Barcelona termina transformándose en una película que desafía la percepción del espectador y cuestiona la forma tradicional de narrar una historia de amor.
Ocho (Juan Barberini), argentino radicado en Nueva York, y Javi (Ramón Pujol), instalado en Berlín, coinciden durante unos días en la capital catalana. La atracción es inmediata y Berger filma ese acercamiento sin estridencias, privilegiando la intimidad de las conversaciones y la naturalidad con la que los cuerpos ocupan el mismo espacio. Incluso la extensa escena de sexo evita cualquier intención provocadora: lejos de funcionar como un momento de impacto, se integra con absoluta coherencia a una relación que se construye desde el deseo, pero también desde la escucha y la confianza.
Sin previo aviso, la película altera sus propias reglas. Un salto temporal traslada a los mismos personajes a finales de los años noventa, aunque los intérpretes permanecen inalterables. Castro nunca explica ese desplazamiento ni intenta justificarlo racionalmente. Confía en que el espectador acepte el juego y descubra, junto con los protagonistas, que el tiempo aquí responde más a la lógica de los recuerdos y las emociones que a la cronología.
Es imposible no pensar en la trilogía Before de Richard Linklater. Pero donde aquellas películas registraban el paso de los años a través de tres encuentros separados por largas distancias temporales, Fin de siglo condensa ese recorrido en un único movimiento narrativo. Castro comprime décadas en poco más de una hora y media para preguntarse cuánto modifica el tiempo a las personas y cuánto permanece intacto cuando existe un vínculo profundo.
La estructura fragmentada podría convertirse en un artificio, pero ocurre exactamente lo contrario. Cada cambio temporal amplía el sentido de lo anterior y resignifica los gestos, las palabras y los silencios. La película deja de interesarse por la resolución del romance para preguntarse qué lugar ocupan los recuerdos, las decisiones no tomadas y las vidas alternativas que imaginamos cuando miramos hacia atrás.
También resulta valioso que Castro nunca reduzca la historia a una reflexión sobre la homosexualidad. La orientación sexual de sus protagonistas forma parte de la película, pero no la define. Lo que realmente está en juego son las formas que adopta el amor con el paso del tiempo, la construcción de los afectos, la posibilidad de formar una familia y la manera en que cada elección modifica el curso de una vida.
Con una puesta en escena de notable austeridad, diálogos que fluyen con naturalidad y una confianza poco frecuente en la inteligencia del espectador, Lucio Castro firma una ópera prima de enorme sensibilidad. Fin de siglo habla de las personas que fuimos, de las que somos y, sobre todo, de aquellas que podríamos haber sido si una decisión, un encuentro o un instante hubieran ocurrido de otra manera. Es una película que entiende que el tiempo no siempre avanza en línea recta y que, en el amor, pasado y presente suelen convivir en un mismo recuerdo.