CineArte Cacodelphia - Estreno 13 de agosto

Crítica de "A metros de distancia": el deseo nunca estuvo tan cerca

La ópera prima de Tadeo Pestaña Caro explora cómo las aplicaciones de citas gay redefinen los vínculos, el deseo y la identidad dentro de una nueva generación LGBTIQI+.

Crítica de "A metros de distancia": el deseo nunca estuvo tan cerca
viernes 31 de julio de 2026

Las aplicaciones de citas ya habían aparecido muchas veces en el cine. Casi siempre como un recurso narrativo: un personaje abre una pantalla, aparece un desconocido y la historia avanza. A metros de distancia (2025), la ópera prima de Tadeo Pestaña Caro, hace algo diferente. Convierte esa interfaz en el centro de su mirada. No utiliza Grindr para contar una historia; filma un mundo que ya aprendió a relacionarse a través de él.

Santiago (Max Suen) tiene veinte años y pasa una noche recorriendo Buenos Aires entre perfiles, encuentros casuales y conversaciones que apenas sobreviven unos minutos. El argumento podría resumirse en muy pocas líneas porque la película no está interesada en el suspenso ni en los giros dramáticos. Su movimiento es otro. Acompaña a un personaje que parece desplazarse constantemente mientras permanece atrapado en el mismo lugar: la expectativa de que el próximo encuentro resulte distinto al anterior.

Esa idea atraviesa toda la puesta en escena. Buenos Aires aparece desdibujada por luces de neón y fondos fuera de foco, como si la ciudad hubiera perdido espesor frente a la luminosidad de una pantalla. La fotografía evita convertir la noche porteña en una postal; la transforma en un espacio de tránsito permanente donde los departamentos, los bares y las calles tienen algo en común: ninguno invita a quedarse demasiado tiempo.

La cámara también adopta la lógica de las aplicaciones. Los cuerpos aparecen fragmentados antes que completos. Hay torsos, espaldas, hombros y piel. Los rostros muchas veces llegan después. No es un gesto estético aislado. Es la forma que encuentra la película para mostrar cómo una generación acostumbrada a conocer personas mediante perfiles terminó incorporando esa manera de mirar incluso fuera del teléfono.

Lo más inteligente del film, sin embargo, es aquello que decide no hacer. Pestaña Caro evita cualquier discurso sobre los peligros o las virtudes de las aplicaciones. No hay nostalgia por un tiempo donde las relaciones parecían más auténticas ni entusiasmo por una tecnología que prometiera democratizar el deseo. Esa discusión queda afuera. La película parte de otra premisa: para Santiago, las aplicaciones nunca fueron una novedad. Siempre estuvieron ahí. Forman parte de su educación sentimental.

Ese desplazamiento también la diferencia de buena parte del cine LGBTIQ+ de las últimas décadas. Aquí nadie discute la salida del clóset ni el derecho a vivir la propia sexualidad. Santiago ya atravesó ese recorrido. El conflicto aparece después, cuando la libertad de elegir convive con la sensación de que ninguna elección parece definitiva.

Quizá por eso los momentos más logrados no sean los encuentros sexuales, sino los silencios que vienen después. La película encuentra su ritmo en las caminatas nocturnas, en las esperas, en ese gesto casi automático de volver a mirar el teléfono apenas termina una cita. Allí aparece una forma contemporánea de la ansiedad que el cine todavía había explorado poco: no la de quedarse solo, sino la de no dejar nunca de buscar.

Sin subrayados ni grandes declaraciones, A metros de distancia termina registrando un cambio cultural que excede a la comunidad gay. Las aplicaciones modificaron las formas de encuentro, pero también la manera en que los cuerpos circulan como imágenes y la expectativa permanente de que siempre existe una posibilidad mejor a unos pocos metros de distancia.

En ese sentido, la película de Tadeo Pestaña Caro encuentra algo poco frecuente para una ópera prima: no utiliza un fenómeno contemporáneo para volverlo tema de conversación. Lo convierte en una forma de filmar.

7.0
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