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Crítica de "Anniversary": Jan Komasa y la inquietante seducción de los totalitarismos modernos
Jan Komasa convierte la desintegración de una familia en una reflexión sobre los totalitarismos contemporáneos. Un thriller político que interpela el presente, aunque su ambición termine perdiéndose en una narrativa irregular.
Anniversary (2026) confirma que Jan Komasa sigue obsesionado con una misma pregunta: cómo las ideas, los discursos y las instituciones terminan moldeando la conducta de las personas. Si en Corpus Christi (20219) analizaba el poder de la fe y la necesidad de creer, y en The Hater (2020) retrataba la manipulación política a través de las redes sociales y los discursos de odio, aquí traslada esa inquietud al interior de una familia para explorar el avance de un movimiento que promete libertad mientras vacía de contenido a la democracia. En el vigésimo quinto aniversario de bodas de los Taylor, la llegada de Liz, una antigua alumna convertida en referente intelectual de "The Change", desencadena una fractura que durante cinco años irá descomponiendo tanto los vínculos familiares como el sistema político. La película encuentra un eco inevitable en el presente. Basta observar el clima de polarización que atraviesa Estados Unidos, Europa o incluso la Argentina, donde el debate público parece reducirse cada vez más a una lógica de amigos y enemigos, para entender que Komasa no está hablando del futuro, sino del presente.
Lo más interesante es que el director evita mostrar el nacimiento del autoritarismo desde los grandes acontecimientos. No hay multitudes ocupando las calles ni escenas espectaculares de represión. Todo ocurre alrededor de una mesa, durante una cena o en un intercambio de miradas. La política invade lentamente la intimidad hasta convertir cada conversación en una disputa moral. Esa decisión convierte a Anniversary en un thriller donde el miedo nace de lo cotidiano y donde la verdadera violencia consiste en comprobar cómo el afecto termina subordinado a la ideología.
Sin embargo, la película nunca alcanza la contundencia de sus mejores trabajos. La idea que propone resulta potente y mantiene la tensión durante buena parte del metraje, pero a medida que avanzan los saltos temporales la narración comienza a perder claridad. Komasa quiere hablar del auge del autoritarismo, de la manipulación del lenguaje, de la cancelación, de las corporaciones, del miedo y de la fractura social, pero muchas de esas líneas apenas se desarrollan. El resultado es un relato que por momentos parece más interesado en sugerir que en explicar. La confusión narrativa termina debilitando una reflexión que pedía un contexto político y social más sólido para comprender por qué ese movimiento consigue conquistar a toda una sociedad.
Aun así, el reparto sostiene el conflicto con convicción. Diane Lane transmite el desconcierto de quien observa cómo las certezas sobre las que construyó su vida dejan de servir para interpretar el presente. Phoebe Dynevor evita cualquier caricatura y construye una figura inquietante precisamente por su aparente serenidad, mientras Dylan O'Brien encuentra el arco más complejo de la película al mostrar cómo el resentimiento y la necesidad de pertenecer pueden convertirse en la puerta de entrada al fanatismo.
Hay algo incómodo en Anniversary que permanece después de los créditos. No tanto por lo que muestra, sino por la facilidad con la que uno reconoce mecanismos presentes en la actualidad. La apropiación de palabras como "libertad", "orden" o "cambio" para justificar proyectos cada vez más excluyentes no pertenece a un único signo político. También en Argentina esos conceptos forman parte de una disputa permanente por el sentido, donde el adversario suele convertirse en enemigo y el debate cede terreno frente a la descalificación. La película acierta al señalar ese riesgo, aunque su ambición termina siendo mayor que su capacidad para desarrollarlo. No alcanza la precisión narrativa de Corpus Christi ni la lucidez de The Hater, pero confirma que Komasa sigue siendo un cineasta interesado en explorar cómo las democracias pueden deteriorarse desde adentro, cuando el miedo comienza a imponerse sobre la convivencia y las libertades terminan utilizándose como argumento para restringirlas.