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Crítica de "Hombre en llamas": el clásico de acción revive como thriller político
La nueva versión de "Hombre en llamas" traslada la historia a Río de Janeiro y convierte el thriller de venganza en una trama de corrupción política y trauma.
La nueva adaptación de Hombre en llamas (Man on Fire, 2026), creada por Kyle Killen y protagonizada por Yahya Abdul-Mateen II, retoma la historia que popularizó la película de 2004 dirigida por Tony Scott con Denzel Washington al frente del elenco, aunque ahora cambia el escenario y también el tono.
La serie traslada la acción a Río de Janeiro y sigue a John Creasy, un exmercenario de fuerzas especiales atravesado por el trastorno de estrés postraumático, que intenta reconstruir su vida lejos de la violencia. En ese contexto, un viejo amigo lo contacta para ofrecerle trabajo como guardaespaldas. Sin embargo, todo cambia cuando un atentado terrorista termina con la muerte de la familia de su amigo y deja a Poe, la hija adolescente del matrimonio, como única sobreviviente y principal testigo del ataque. A partir de entonces, Creasy vuelve a quedar atrapado en una trama de violencia, corrupción y conspiraciones políticas que lo obliga a regresar al mundo que intentaba dejar atrás,
A diferencia de la película original, que avanzaba impulsada por la lógica de la venganza inmediata, esta versión se toma tiempo para mostrar el desgaste físico y mental de Creasy. La serie encuentra ahí uno de sus principales aciertos: antes de convertirlo nuevamente en un arma letal, lo muestra como un hombre quebrado, incapaz de adaptarse a una vida ordinaria. Esa construcción le permite desarrollar una dimensión más humana del personaje y convertir la violencia no solo en espectáculo, sino también en síntoma de alguien perseguido por su pasado.
Visualmente, Hombre en llamas abandona parte del artificio estilizado que definía al film de 2004 y apuesta por una puesta más áspera. Río aparece como un territorio marcado por la tensión social, las calles saturadas, las zonas controladas por el crimen y una sensación constante de amenaza. En ese contexto, las escenas de acción funcionan menos como coreografías espectaculares y más como irrupciones brutales dentro de un entorno donde todo parece estar al borde del colapso.
El trabajo de Yahya Abdul-Mateen II evita copiar el registro de Denzel Washington y construye un Creasy más vulnerable e impulsivo. A su alrededor, Alice Braga, Bobby Cannavale y Scoot McNairy sostienen el entramado político y criminal que rodea la historia, mientras Billie Boullet evita que Poe quede reducida al rol clásico de víctima narrativa.
Basada en la novela Man on Fire de A. J. Quinnell, la serie se desarrolla a lo largo de siete episodios y encuentra su mayor interés en la relación entre violencia y redención. Porque más allá de las persecuciones y los enfrentamientos, lo que atraviesa toda la historia es la idea de un hombre que intenta escapar de sí mismo y descubre, una vez más, que solo sabe sobrevivir en medio del fuego.