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Crítica de "Nido de lagarto": Franco Verdoia y el deseo cuando el tiempo ya pasó

La nueva obra de Franco Verdoia, protagonizada por Silvina Sabater y Horacio Acosta, explora el amor clandestino, el desgaste y el deseo en la adultez.

Crítica de "Nido de lagarto": Franco Verdoia y el deseo cuando el tiempo ya pasó
miércoles 06 de mayo de 2026

En Nido de lagarto, Franco Verdoia vuelve a ese universo de pueblos pequeños, silencios largos y vínculos sostenidos más por la necesidad que por las certezas. Silvina Sabater y Horacio Acosta interpretan a Gloria y el Vasco, amantes desde la juventud que todavía se encuentran, una vez por semana, en un motel de ruta mientras afuera continúan sus matrimonios, sus rutinas y todo aquello que alguna vez eligieron. Desde ese punto de partida, la obra instala una pregunta incómoda: qué sucede con el deseo cuando el tiempo ya dejó marcas sobre los cuerpos y sobre la vida.

Lejos de romantizar a sus personajes, Verdoia trabaja sobre la persistencia. Gloria y el Vasco no buscan recuperar el pasado ni escapar de sus decisiones; simplemente siguen volviendo a ese espacio donde todavía pueden existir de otra manera. Allí aparece uno de los mayores aciertos de la obra: convertir ese motel perdido en una especie de refugio emocional donde conviven reproches, humor, cansancio y una intimidad que nunca terminó de romperse. Además, la puesta evita el exceso dramático y encuentra fuerza en los silencios, en las pausas y en aquello que los personajes no llegan a decir.

En ese terreno, las actuaciones sostienen todo el dispositivo. Sabater construye una Gloria atravesada por la frustración y el deseo, mientras Acosta compone a un hombre que parece resistirse al desgaste aunque el cuerpo y la vida lo empujen hacia otro lugar. Ambos trabajan desde una verdad poco habitual en escena: no hay idealización, ni nostalgia, ni discursos sobre el amor eterno. Hay cuerpos cansados, conversaciones repetidas y una necesidad persistente de seguir encontrándose aun cuando ya no quede demasiado por resolver.

Al mismo tiempo, Nido de lagarto aborda una temática poco frecuente en el teatro contemporáneo: la sensualidad en la adultez mayor. Y lo hace sin convertirla en consigna ni en provocación. Por eso la obra funciona mejor cuando mezcla drama y comedia con naturalidad, porque entiende que las relaciones largas nunca pertenecen a un único registro. Uno se ríe y, segundos después, algo incomoda. Esa oscilación le da espesor a un texto que trabaja sobre aquello que no pudo ser y sobre las vidas paralelas que algunas personas construyen para sobrevivir a sus propias decisiones.

Como parte final del tríptico Teatro Animal, junto a Late el corazón de un perro y Matar a un elefante, la obra reafirma la mirada de Verdoia sobre personajes atrapados entre el deseo y las convenciones sociales. Pero aquí hay algo más íntimo: una reflexión sobre el tiempo y sobre esos vínculos que nunca terminan de romperse. Porque Nido de lagarto no habla del amor como recuerdo ni como nostalgia. Habla de la insistencia. De seguir volviendo incluso cuando todo indica que ya es tarde.

7.0
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