Netflix
Crítica de "Santita": Paulina Dávila es una antiheroína que rompe moldes
"Santita" llega a Netflix con una protagonista compleja que tensiona los límites de la representación sobre discapacidad, deseo y poder en clave contemporánea.
En Santita (2026), dirigida por Rodrigo García, la historia sigue a María José Cano, una ginecóloga de Tijuana que, tras un accidente, vive en silla de ruedas y sostiene una rutina atravesada por tensiones personales. Interpretada por Paulina Dávila, el personaje combina su práctica médica con una vida privada marcada por vínculos inestables y decisiones que afectan su entorno inmediato.
La trama se activa cuando ese equilibrio se altera. María José mantiene una relación con Mauricio (Erik Hayser), pero la reaparición de Alejandro (Gael García Bernal) introduce un conflicto ligado a su pasado. A partir de allí, la serie sigue sus movimientos entre el trabajo, la familia y un circuito personal donde aparecen apuestas, deudas y situaciones que complican su presente.
El guion evita una progresión clásica y organiza los episodios como una suma de acciones que no conducen a una resolución definida. En ese recorrido, se integran problemáticas como la falta de accesibilidad, la discriminación y la violencia hacia mujeres con discapacidad, no como discurso sino como parte del contexto que condiciona cada desplazamiento.
Desde lo visual, la puesta se apoya en una cámara cercana que acompaña a la protagonista en sus trayectos. La ciudad aparece como un espacio con obstáculos concretos, y esa fricción entre cuerpo y entorno se vuelve un elemento constante del relato.
La serie concentra todo su peso en la construcción del personaje y descuida el desarrollo de la historia. Esa decisión sostiene la presencia de la protagonista, pero deja a las subtramas sin dirección clara, fragmentadas y sin resolución dentro del conjunto.