Berlinale
Crítica de “Casa Chica”: dos miradas para un mismo dolor
El cortometraje de Lau Charles aborda la fractura íntima de la familia desde la mirada infantil, explorando cómo la normalización de la “casa chica” moldea silenciosamente la identidad y la memoria. A través de un relato dividido en dos perspectivas, la obra articula infancia, violencia estructural y afecto en tensión, construyendo una reflexión precisa sobre el machismo cotidiano y sus huellas en el México urbano de los años noventa.
Casa Chica (2025) es un cortometraje mexicano dirigido por Lau Charles que debutó en la sección de cortometrajes del Festival de Berlín. Casi veintiséis minutos que no pretenden revolución, sino precisión. Lau, egresada con honores del Centro de Capacitación Cinematográfica y también de Artes Visuales en “La Esmeralda”, lleva años orbitando el universo de la infancia, construyendo su obra en torno a su importante y a menudo menospreciado valor; sin embargo, ahora lo hace con más urgencia porque esta vez es su historia. El título alude a esa costumbre mexicana tan extendida como silenciada: la “casa chica”, la segunda familia que algunos hombres casados construyen a espaldas de la “casa grande”. El cortometraje no explica el término, sino que lo respira desde los ojos de dos niños en los noventa, dentro de una unidad habitacional de Xochimilco, en la Ciudad de México.
El cortometraje se organiza como un díptico claro y sin adornos fútiles: primero llega la mirada de Valentina, de cinco años: curiosa y frágil, casi en primera persona. Se capta lo que ella percibe y, sobre todo, lo que se le escapa, o tal vez aún no entiende. Escucha conversaciones a medias, capta tensiones sin nombre. La cámara se mantiene a su altura, los encuadres son bajos y los movimientos suaves, como si acompañara sus cortos pasitos. Luego entra Quique, de once, el hermano mayor que ya carga el peso de muchas cosas. Su perspectiva se siente más incómoda, más consciente, densa y lenta en comparación; el ritmo cambia: se vuelve más pesado. La edición de Santiago Zermeño pasa de una sección a otra sin violencia, pero el contraste emocional sigue siendo brutal.
Visualmente, Casa Chica también cuenta una historia clara: la profundidad de campo es mínima, los rostros quedan expuestos mientras que los fondos se difuminan; los colores son terrosos y apagados, amarillos tibios pero tristes de la iluminación interior. La casa en la que viven parece incluso más pequeña por los planos cerrados. Cuando el padre los lleva a la “nueva familia”, la composición se abre apenas un instante y enseguida se contrae otra vez: el espacio ajeno también es una trampa. En la construcción de esta historia visual no se quedan atrás ni el diseño de vestuario de Andrea Arrieta Islas ni el diseño de producción de Daniela V. Ponce, que completan esa imagen tácita de escasez y de nostalgia. En muchas producciones las casas se sienten como mera decoración momentánea, y aquí todo es al revés: todo se siente vivido, habitado y real. Las camas de Quique y Vale podrían ser las mismas en las que duermen a diario; el jersey, realmente la prenda favorita de Quique. En fin, todo es preciso.
El cortometraje no cuenta sólo una anécdota familiar, sino que habla de la violencia estructural que se disfraza de normalidad en muchos hogares de México: padres ausentes, madres que cargan todo el peso y niños que, aun en la inocencia de su edad, deben aprender que el “cariño” puede tener condiciones implícitas. Valentina representa la inocencia que todavía no tiene vocabulario para el dolor. Vive en el presente inmediato, como un bebé que responde al estímulo primario. Quique, en cambio, acumula una rabia que no encuentra salida. Quiere ser un buen hijo, quiere entender, quiere seguir queriendo a su padre. El instante en que descubren que la media hermana tiene exactamente la misma edad que Valentina es la gota que derrama el vaso, aunque no hay gritos ni peleas histéricas hasta que, claro, la situación lo amerita. Allí Quique muestra una madurez a sus once años que su padre tal vez no desarrollará en toda su vida. Resulta llamativo que Enrique (el padre) quiera enseñar a su hijo que a las mujeres no se les pega ni sin querer, mientras que Carolina llora amargamente por la situación que vive su familia y Valentina es agredida frente a él por un simple juguete. El detalle del nombre también funciona como un golpe bajo: ambas niñas casi comparten el nombre (ambas son “Vale”, sólo que una es Valentina y otra es Valeria), lo que añade una capa simbólica inquietante.
Pero, volviendo al punto, culturalmente, Casa Chica es una radiografía del machismo mexicano de siempre. La “casa chica” es un secreto a voces que todos conocen y nadie quiere nombrar. Lau misma le llama “el secreto a voces de nuestro país”. Y tiene razón. Esa doble vida no sólo destroza a la familia oficial, sino que también arma otra que vive en la penumbra. El cortometraje no juzga ni a la nueva mujer ni al padre, pero sí muestra el daño que dejan. Al final, cuando se ve a Carolina, Quique y Valentina viendo televisión, y luego la imagen se sustituye por la verdadera familia de Lau veinticinco años después, el mensaje es claro: se sobrevive. Y se sigue abrazando para hacer la casa más grande.
Casa Chica dialoga sin esfuerzo con toda una tradición de cine mexicano que mira la familia como un territorio en disputa; empero, su mirada es más íntima, casi pictórica. Remite a ciertas películas que retratan la paternidad fracturada, pero Lau lo hace todo distinto: su díptico cinematográfico parece una extensión natural de sí misma, de su arte y su talento. Lau dedicó dos años a investigar, rodó en nueve días intensos, en locaciones reales de Xochimilco y todo el equipo viene del CCC, por lo que es sencillo notar el afecto al proyecto. En su statement aparece una frase que resuena con fuerza: “siento que todos estos años me estaba preparando para, por fin, poder reescribir mi pasado”. El cierre, con su hermano y ella misma en pantalla, es el acto más valiente de todos: cerrar el díptico con la realidad.
Todo en Casa Chica apunta y converge al mismo lugar: convertir el dolor en testimonio y el testimonio en consuelo. El díptico no es un truco formal; es la única manera honesta de contar una memoria como esta. La cinematografía íntima, el sonido que respeta el silencio, la edición que sabe cuándo brillar, los niños que actúan sin actuar… cada pieza encaja a la perfección. Lau, al hacer cine, “agrandó” su casa. Este tema toca a mucha gente. Es posible seguir adelante, es posible llegar al punto en el que el pasado pueda ser reescrito.
Casa Chica nombra el dolor con cariño y exactitud. Es una pequeñita obra maestra que rebosa talento y puntual conocimiento del tema que retrata. No se hace cine como este tan fácilmente.