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Crítica de “Lindas y letales”: la elegancia del ballet convertida en carnicería repetitiva
El film de Vicky Jewson intenta construir un clima de horror satírico que nunca termina de cuajar, y el delirio planteado tampoco alcanza para sostener el tono festivo que pretende.
La idea de convertir la elegancia del ballet en un arma de combate —hacer del cuerpo entrenado para la belleza un instrumento de defensa brutal— podría haber dado lugar a un juego estilístico interesante entre gracia y violencia. Sin embargo, Lindas y letales (Pretty Lethal, 2026) nunca termina de desarrollar esa tensión entre arte y carnicería. El concepto queda enunciado, pero rara vez explotado con verdadera imaginación.
Cinco bailarinas (Iris Apatow, Lana Condor, Millicent Simmonds, Avantika y Maddie Ziegler) viajan a Hungría para participar de una exhibición. En el camino piden refugio en una posada perdida donde un grupo de tipos violentos y mafiosos, comandados por Devora Kasimer (Uma Thurman), intenta capturarlas y matarlas. La supervivencia de las chicas —apelando a sus dotes para el ballet, a la precisión del movimiento y a una disciplina física llevada al extremo— será la clave de este film que, en esencia, no tiene mucho más que esa única idea para sostenerse.
Esto no sería necesariamente un problema si el humor negro implícito en toda la trama funcionara con eficacia. El tono parece apuntar hacia una mezcla de sátira y delirio gore, donde el exceso y la exageración deberían producir un efecto lúdico, casi festivo. Sucede, sin embargo, que uno percibe el desparpajo buscado, pero nunca llega a disfrutarlo del todo. Las escenas extremadamente sangrientas y la violencia desmedida, lejos de generar ese momento ridículo y simpático al que el film parece aspirar, se convierten en un loop de carnicería sin sentido, repetitivo y cada vez menos estimulante.
La acumulación de mutilaciones, sangre y cuerpos despedazados termina anulando cualquier posible sorpresa. Cuando todo es exceso, nada termina siendo verdaderamente impactante. El problema no es la violencia en sí misma —el cine de género ha demostrado innumerables veces que el gore puede ser creativo, incluso divertido— sino la falta de una mirada que organice ese caos.
Lindas y letales se inscribe claramente en la tradición de Boda sangrienta (Ready or not, 2019), Kill Bill (2003) y Venganza (Revenge, 2017), esta última quizá la referencia más lograda dentro de ese subgénero de relatos de supervivencia femenina. Son películas en las que mujeres sometidas a situaciones extremas deben sacar la heroína que llevan dentro para sobrevivir. Una fantasía salvaje de reivindicación, donde el cuerpo femenino deja de ser víctima para convertirse en fuerza destructiva.
Pero mientras aquellas producciones encontraban una estética o una lógica interna que sostenía la exageración —ya fuera el barroquismo estilizado de Tarantino o el salvajismo casi catártico de Coralie Fargeat— Lindas y letales se queda a mitad de camino. No logra construir ni una identidad visual potente ni un relato que haga progresar dramáticamente a sus personajes. Las bailarinas quedan reducidas a figuras intercambiables dentro de una mecánica de persecuciones y asesinatos.
Lo que queda es una coreografía de violencia que insiste en la provocación, pero que rara vez encuentra la gracia o la inventiva necesarias para que esa danza resulte verdaderamente memorable.