Salas
Crítica de “Un susurro invocó mi nombre”: paisaje, rito y persistencia de lo no dicho
La ópera prima de Emilia Cotella y John Mathis propone un cruce entre folclore andino y trauma que regresa, con una narrativa que por momentos pierde cohesión.
Un susurro invoco mi nombre (The Devil Whispered My Name, 2025), dirigida por Emilia Cotella, se presenta con una apariencia que llama la atención desde lo visual. Hay una intención clara de despegarse de cierta estética más limitada del cine de género local, con una fotografía cuidada, encuadres pensados y una atmósfera que, al menos en lo superficial, parece sostenerse. En ese sentido, hay algo que funciona: la película se ve mejor de lo que uno esperaría. El problema es que esa primera impresión dura poco.
A medida que avanza, lo que empieza a pesar es la sensación de vacío en el relato. La historia no termina de encontrar un eje, o mejor dicho, parece querer abarcar demasiados. El recorrido de su protagonista, Carla, interpretada por Clara Kovacic (Homo Argentum, 2025) se diluye entre traumas personales, elementos de terror paranormal, guiños a posesiones demoníacas y cierta inclinación hacia lo ritual o lo sectario, pero nada de eso logra consolidarse como columna vertebral. Todo aparece, todo se insinúa, pero nada se desarrolla con la suficiente claridad como para que el espectador se agarre de algo concreto.
Esa falta de definición impacta directamente en el vínculo con los personajes. Cuesta conectar, no porque no haya intentos, sino porque el guión nunca termina de profundizar en ellos. Carla es quien más se sostiene dentro de ese conjunto. Se nota cierta experiencia y una búsqueda por darle cuerpo a lo que el guión no termina de construir. Aun así, incluso su trabajo queda limitado por los diálogos, que resultan demasiado básicos y poco efectivos para transmitir la crisis que atraviesa el personaje.
El resto del elenco queda todavía más expuesto. Hay una fragilidad actoral que se vuelve evidente en escenas que deberían tener peso emocional o tensión, y que terminan resolviéndose de manera plana. La película, en lugar de apoyarse en recursos narrativos o en la construcción de clima, deposita demasiado en interpretaciones que no logran sostener esa carga.
En paralelo, los efectos tampoco ayudan a compensar. Hay una inclinación marcada hacia lo explícito, con un uso excesivo de sangre que no suma impacto sino que termina generando el efecto contrario. Más que intensificar el terror, lo vuelve artificial: como no hay una base sólida en la historia ni en los personajes, esos recursos quedan expuestos como un intento de tapar huecos.
Lo que queda es una película que tiene claro cómo quiere verse, pero no qué quiere contar ni cómo hacerlo. Hay una inversión que se percibe, una intención de elevar el estándar, pero esa ambición no encuentra un correlato en el guión ni en la ejecución general.