Timbre 4

Crítica de "Un niño verde": el cuerpo como territorio de memoria

En "Un niño verde", Martín Lerner convierte su propio trasplante infantil en un biodrama escénico que cruza memoria familiar, política sanitaria y teatro documental en Timbre 4.

Crítica de "Un niño verde": el cuerpo como territorio de memoria
"Un niño verde"
"Un niño verde"
martes 10 de marzo de 2026

El punto de partida de Un niño verde es una experiencia concreta, el trasplante de hígado que Martín Lerner recibió cuando tenía apenas un año y medio. A partir de ese acontecimiento, el propio Lerner escribe e interpreta un biodrama que reconstruye la historia familiar atravesada por la espera, la incertidumbre médica y el impacto que ese episodio dejó en su vida. Sin embargo, la obra no se limita a narrar un recuerdo personal. Desde el inicio, el relato se desplaza hacia una dimensión más amplia donde la historia íntima dialoga con preguntas sobre la vida, la salud y las condiciones sociales que determinan quién accede a una oportunidad de sobrevivir. En ese recorrido, la acción se sitúa en la Argentina de los años noventa, un contexto en el que lo médico y lo político aparecen inevitablemente entrelazados.

La puesta en escena de Lucila Garay adopta un lenguaje cercano al teatro documental y lo expande mediante recursos performáticos. Los nueve intérpretes permanecen en escena durante toda la función y alternan personajes, acciones físicas y fragmentos narrativos, construyendo una dinámica coral que evita la linealidad testimonial. El elenco —integrado por el propio Lerner, Agustina De la Fuente, Ailen Schnabel, Caterina Tambucci, Federico Bethencourt, Juan Salas, Manuel Armengol, Manuela Begino y Milagros Cicculli— sostiene esa circulación escénica constante que transforma el escenario en un espacio donde los recuerdos individuales se cruzan con una reconstrucción colectiva del pasado.

A su vez, el uso de proyecciones, mapping y música original de Alejandro Eze Cohen introduce capas visuales y sonoras que dialogan con la memoria del protagonista. En ese cruce, el trasplante deja de ser únicamente un hecho médico para convertirse en una experiencia que involucra a una familia, a una comunidad y a un sistema sanitario atravesado por desigualdades. La obra instala así una reflexión sobre la espera, el acceso a la salud y la vulnerabilidad de los cuerpos frente a las estructuras institucionales, una dimensión política que aparece integrada al relato sin convertirse en discurso explícito.

Al mismo tiempo, la movilidad del elenco y la transformación constante del espacio escénico sostienen el ritmo de la puesta. Coreografías, desplazamientos y cambios de roles generan una circulación continua que mantiene al protagonista en el centro sin aislarlo del conjunto. De esta manera, Un niño verde construye una memoria compartida donde cada actor participa en la reconstrucción de una experiencia que trasciende lo autobiográfico.

En definitiva, la obra confirma cómo el biodrama puede convertir una vivencia privada en material escénico capaz de interpelar al público. Lo que comienza como el recuerdo de un trasplante infantil se transforma en una reflexión sobre la vida en comunidad y sobre las formas en que una sociedad se organiza frente a la enfermedad. En esa tensión entre memoria personal y escena colectiva, Un niño verde encuentra su lugar dentro del teatro independiente argentino.

8.0
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