Crítica de "Visitante de Invierno": Terror en Pinamar
Con escasa tradición reciente en el circuito comercial argentino, "Visitante de invierno" se propone ocupar un espacio casi vacío: el del cine de terror producido y estrenado localmente. La ópera prima de Sergio Esquenazi trabaja con los códigos del género, apuesta a la atmósfera y al suspenso, y expone tanto las posibilidades como las dificultades de trasladar este tipo de relatos al público masivo en Argentina.
Visitante de invierno (2008) se inscribe de lleno en el cine de terror y ocupa un lugar poco frecuente dentro del estreno comercial argentino. Puede pensarse incluso como uno de los primeros títulos del género que logra llegar a salas después de un período prolongado de ausencia. Mientras existe un circuito paralelo de producciones orientadas al DVD o al mercado internacional, el acceso al público local sigue siendo limitado. En ese contexto, casos como el de Daniel de la Vega o la productora Paura Flics, con recorrido fuera del país pero escasa visibilidad interna, funcionan como antecedentes directos.
La primera película en español de Sergio Esquenazi trabaja con los elementos clásicos que el género propone. Ariel Lamberti (Santiago Pedrero), un joven de alrededor de veinte años con conflictos psicológicos, se traslada por indicación médica a Pinamar durante el invierno junto a su madre (Sandra Ballesteros) y su hermana. A partir de su llegada, comienzan a registrarse situaciones inquietantes, entre ellas la desaparición de niños que ingresan a una casa de la que no vuelven a salir. Sobre esa base narrativa, el relato avanza hacia zonas de suspenso y terror.
La puesta en escena articula recursos propios del terror psicológico, sostiene la tensión y apela a la violencia gráfica en momentos puntuales. Con un presupuesto acotado, la película hace uso de efectos especiales y un trabajo de posproducción orientado a reforzar el clima narrativo y visual.
El punto más débil aparece en el guion, que deja líneas narrativas sin resolver y personajes cuya construcción queda incompleta. Las patologías, los orígenes de ciertos sucesos y algunos cierres narrativos permanecen abiertos, lo que deriva en un desarrollo irregular y en una progresión fragmentada del relato.
Aun así, Visitante de invierno evidencia una voluntad clara: insertar al terror dentro del circuito comercial argentino y disputar un espacio que, a nivel internacional, ha mostrado crecimiento sostenido. No es casual que dos de las películas españolas más vistas de los últimos años pertenezcan al género, como El orfanato y REC. En ese marco, la experiencia propuesta encuentra sentido y plantea una pregunta directa al espectador: ¿no vale la pena acompañar desde la sala este intento por ampliar el mapa del cine de terror nacional?