Multiteatro
Crítica de "El divorcio del año": José María Muscari convierte el escándalo en síntoma
"El divorcio del año" parte de una separación mediática para pensar la salud mental, la exposición y los vínculos familiares en tiempos de redes, bajo la dirección de José María Muscari.
La historia arranca como suelen arrancar las noticias que dominan portales y programas de la tarde: una pareja conocida se separa, los abogados hablan, los medios amplifican, las redes opinan. Pero en El divorcio del año ese punto de partida funciona apenas como superficie. Debajo del ruido, la obra se detiene en otra zona: qué pasa con la salud mental cuando la intimidad se convierte en espectáculo.
La escena propone una familia que ya no discute puertas adentro sino frente a cámaras reales e imaginarias. El conflicto conyugal no se resuelve en el living, sino en el tribunal mediático. La hija observa, padece y aprende a reírse. Los abogados empujan, negocian, exponen. Todo sucede a la vista de un público que reconoce el mecanismo porque lo consume a diario.
En ese gesto, José María Muscari vuelve a tomar materiales del presente para reordenarlos desde el teatro. Como en trabajos anteriores, elige no correrse de la actualidad, sino entrar de lleno. El escándalo no es un anzuelo: es un dispositivo narrativo que permite hablar de un tema menos visible y más incómodo. La salud mental aparece no como consigna, sino como consecuencia. Lo que se quiebra no es solo un matrimonio, sino la posibilidad de cuidado, de escucha, de silencio.
La escritura, firmada junto a Mariela Asensio, construye una comedia que avanza con ritmo, pero deja marcas. La risa funciona como vía de acceso, nunca como evasión. Hay escenas que provocan carcajadas inmediatas y otras que dejan un vacío incómodo, porque detrás del chiste se reconoce algo propio: la dificultad para decir, el desgaste emocional, la exposición constante como forma de violencia.
En ese entramado, el trabajo actoral resulta central. Fabián Vena compone un personaje que oscila entre el control y el derrumbe. Su actuación se apoya en el manejo del tiempo y la palabra, sosteniendo la tensión sin subrayados. Juan Palomino introduce otra energía, más frontal, que complejiza el conflicto y evita cualquier lectura lineal.
El elenco se completa con Guillermina Valdés, Ernestina Pais y Rocío Igarzábal, que trabajan desde registros diferenciados pero complementarios. La obra se sostiene en esa coralidad: nadie queda reducido a función decorativa, todos empujan la escena hacia adelante.
La puesta en escena acompaña esa lógica. El espacio se transforma con fluidez, la música interviene como comentario y la ruptura de la cuarta pared aparece como marca autoral. Nada busca esconder el artificio: al contrario, se lo expone para recordar que también la vida pública funciona como una representación permanente.
El divorcio del año no intenta explicar la salud mental ni ofrecer respuestas cerradas. Su gesto es mostrar cómo un escándalo mediático puede operar como síntoma social, cómo la exposición constante erosiona los vínculos y cómo el humor puede convivir con el malestar sin negarlo. En esa tensión entre risa y desgaste, la obra encuentra su zona más productiva y confirma una línea de trabajo que Muscari viene desarrollando: usar la comedia para hablar de lo que incomoda, sin bajar el volumen del presente.