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Crítica de "Uno equis dos": cuando la quiniela enciende la mecha del desastre
En su nuevo thriller existencial, Alberto Utrera transforma una apuesta deportiva en detonante de tensiones larvadas. Con un elenco afilado y una puesta inmersiva, "Uno equis dos" indaga en los vínculos corroídos por la codicia y la frustración.
En Uno equis dos (2025), Alberto Utrera convierte una finca rural en campo de batalla emocional. El escenario es concreto, reconocible, casi familiar: una casa de piedra donde se acumulan botellas, gritos de gol, chispazos de humor. Pero nada de eso es inofensivo. Aquí, cada rincón parece sudar secretos, y cada palabra dicha a medias termina siendo una bomba de tiempo.
La película parte de una premisa simple: Chino y Josu —interpretados por Paco León y Raúl Tejón— llevan años apostando a los mismos resultados en la quiniela. El día que el pleno al quince amenaza con concretarse, el sueño compartido se transforma en pesadilla. Lejos de celebrar, los personajes se ven atrapados en una espiral donde la traición, la paranoia y la culpa reemplazan a la alegría.
Utrera no apuesta a los giros espectaculares. Su lenguaje cinematográfico se construye con silencios tensos, planos cerrados que registran sudores, miradas desviadas, sonrisas que se quiebran. La cámara se arrastra por el interior de la casa como un testigo incómodo. La tensión no se impone: se filtra.
La estructura dramática se alimenta del detalle cotidiano. Una frase aparentemente inofensiva ("¿Repartimos aunque falte un partido?") funciona como catalizador de conflictos que los personajes ya no pueden disimular. Las explosiones de violencia —físicas o simbólicas— emergen de gestos minúsculos, casi accidentales, como si el guion se propusiera explorar la línea difusa entre error y crimen.
Elenco y espacio dialogan con precisión. León y Tejón trazan una coreografía emocional donde la amistad es tan volátil como el resultado de un partido. Kimberley Tell y Stéphanie Magnin no aparecen como espectadoras pasivas: desde sus miradas y reacciones tensan la narrativa. Adam Jezierski aporta el desajuste necesario, el personaje que intenta escapar sin saber de qué.
El montaje contribuye a ese clima opresivo: cortes rápidos, silencios que pesan más que los insultos, escenas que no se resuelven sino que se pudren. Y cuando el humor aparece, lo hace como síntoma del desastre: la risa se corta en la garganta, como si los personajes descubrieran que ya no hay vuelta atrás.
Uno equis dos plantea una pregunta urgente: ¿qué ocurre cuando el dinero entra en escena y expone lo que no queríamos ver? La quiniela no simboliza la esperanza, sino la excusa perfecta para poner en evidencia resentimientos acumulados, heridas no dichas, miserias envueltas en amistad.
En ese espejo roto, el fútbol no salva. Tampoco el azar. La película termina, pero su eco persiste: en la mirada de quien revisa el bolsillo ajeno, en el vino que chorrea como sangre, en la puerta cerrada tras un acto irreparable. La música final —un tango roto— no busca alivio: redobla el golpe.