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Crítica de "La mejor hermana": Jessica Biel y Elizabeth Banks en una historia donde el misterio es solo el comienzo
La miniserie de ocho episodios protagonizada por Jessica Biel y Elizabeth Banks transforma un crimen en punto de fuga para explorar las heridas del linaje, desdibujando los límites entre el thriller y el drama íntimo, y siguiendo la estela de relatos contemporáneos donde la familia se convierte en campo de batalla narrativa.
Aunque se presenta como un thriller de crimen y misterio, La mejor hermana (The Better Sister, 2025) —la nueva miniserie de ocho episodios dirigida por Leslie Hope y Craig Gillespie, basada en la novela de Alafair Burke— no construye su tensión narrativa en torno a la resolución de un asesinato, sino en torno a la fricción acumulada entre dos hermanas distanciadas por decisiones que dejaron huellas, silencios que se volvieron forma de comunicación y una historia compartida que, bajo el impacto de una muerte violenta, adquiere contornos irreconocibles.
La serie se inicia con Chloe (Jessica Biel), una mujer que ha construido una vida ordenada como editora de una revista influyente, madre de un adolescente (Maxwell Acee Donovan) y esposa de Adam (Corey Stoll), un abogado que encarna el ideal de compañero y padre funcional. Pero esa arquitectura cotidiana se derrumba de manera abrupta cuando, al volver a casa, Chloe encuentra el cuerpo sin vida de Adam en el living, lo que no solo interrumpe la aparente estabilidad familiar, sino que habilita el regreso de Nicky (Elizabeth Banks), su hermana, ausente desde hace años, cuya presencia irrumpe con todo el peso de un pasado que nunca terminó de cerrarse. Nicky, marcada por una trayectoria atravesada por la adicción, la inestabilidad económica y la marginación afectiva, vuelve no como testigo ni como investigadora, sino como pieza clave de un rompecabezas que se rehúsa a armarse con claridad. Lo que sigue no se estructura como una pesquisa clásica sino como una exploración del modo en que los lazos familiares pueden volverse opacos incluso para quienes los sostienen.
A medida que los episodios avanzan, el relato desplaza la pregunta por el culpable hacia un terreno más inestable, donde lo que se desentierra son capas superpuestas de afectos, omisiones, pactos rotos y memorias contradictorias que implican a las dos hermanas, a Adam, e incluso a Ethan, el hijo adolescente que observa y padece lo que no termina de comprender. El crimen, entonces, no funciona como un enigma a resolver, sino como catalizador de una dinámica que expone los pliegues no dichos de una historia común. Como en The Undoing (2020) o La pareja perfecta (2024), el hecho violento aparece menos como motor narrativo que como excusa para desarmar un modelo familiar idealizado, revelando su dimensión estructuralmente frágil.
La dirección de Hope y Gillespie evita las trampas del suspenso convencional al optar por una puesta en escena contenida, que se concentra en los gestos, los cuerpos y los espacios como zonas de tensión latente. No hay espectacularización del crimen, sino desplazamiento hacia lo que ese acto revela: los desequilibrios afectivos, las grietas discursivas, los pactos tácitos que sostienen o desmoronan una familia. La estructura de puntos de vista múltiples permite que cada episodio funcione como una relectura de lo ya visto, y que lo oculto no emerja como revelación sorpresiva, sino como parte de una realidad que siempre estuvo presente, aunque negada por conveniencia o por miedo.
La relación entre Jessica Biel y Elizabeth Banks opera como eje del relato, sostenida en tensiones de registro —el control como forma de sobrevivir frente al desborde como forma de existencia— y permite leer la historia como un reflejo más amplio de una sororidad atravesada por las expectativas sociales de clase, las diferencias en torno al deseo y el rol asignado a cada mujer dentro del entramado familiar. A diferencia de otras narrativas donde los vínculos femeninos se construyen sobre la base de reconciliaciones tardías o gestos redentores, aquí lo que persiste es la incomodidad, la distancia que no se resuelve, la pregunta que se enuncia pero no encuentra respuesta.
En un escenario audiovisual saturado de producciones que estiran fórmulas exitosas, La mejor hermana se inscribe en un modelo híbrido que combina elementos del thriller con las capas introspectivas del drama, sin renunciar a lo político que implica narrar desde el núcleo de lo familiar. Porque lo que se pone en juego no es la identidad del asesino, sino el modo en que las relaciones afectivas se transforman cuando el presente obliga a revisar el pasado con otros ojos, y cuando la sangre, lejos de unir, expone las fisuras que el tiempo no supo cerrar.