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Crítica de "El piletero, el metrodelegado y el cadáver": Dos escritores, un cadáver y la ficción como verdad

"El piletero, el metrodelegado y el cadáver", documental de Eduardo de la Serna, entrelaza el trabajo, la literatura y los silencios de la dictadura a través de las figuras de Kike Ferrari y Félix Bruzzone, dos escritores argentinos que también son trabajadores de limpieza.

martes 27 de mayo de 2025

Una pileta vacía con ranas, un túnel de subte que resuena con ecos del pasado y un cadáver sin nombre ni historia. Así comienza El piletero, el metrodelegado y el cadáver (2025), documental dirigido por Eduardo de la Serna. No se trata de un policial ni de un ensayo convencional sobre la memoria. O no solamente. La película se configura como una exploración narrativa que ensaya respuestas desde los bordes: los márgenes de la literatura, del trabajo y de los relatos interrumpidos.

Los protagonistas son Félix Bruzzone, escritor y piletero, hijo de desaparecidos, y Kike Ferrari, también escritor, trabajador del subte y metrodelegado. Ambos tejen un relato a dos voces que transita entre lo cotidiano y las huellas persistentes de lo no dicho. El documental, sin rigideces ni solemnidad, plantea una pregunta clave: ¿qué lugar puede ocupar la ficción cuando los hechos concretos se diluyen en la opacidad del tiempo?

Las tareas de limpieza que ambos realizan, lejos de ser anecdóticas, funcionan como doble representación. La pileta que Félix debe vaciar no es solo un espacio físico: es también un contenedor simbólico donde flotan las ausencias. ¿Cómo se limpia un lugar que carga con capas de historia silenciada?

En el caso de Kike, el subte aparece como territorio subterráneo no solo en lo geográfico. Ahí confluyen rutinas laborales, trayectos invisibles y memorias desplazadas. La aparición de un cadáver —fuera del tiempo, sin identidad— permite desplegar un relato colectivo, en el que se entrelazan memorias familiares, retazos de historia y la pulsión de narrar como forma de respuesta.

Ambos escriben desde los márgenes del campo literario, pero esa posición no es una limitación sino un punto de partida. La escritura no se presenta como ornamento, sino como herramienta: para ordenar lo vivido, para nombrar lo que falta, para intervenir en lo real. Como sucede en este documental, también para excavar.

En ese entramado, Eduardo de la Serna evita clausurar sentidos. No hay tesis impuesta ni conclusiones definitivas. Las imágenes se permiten hablar solas, las entrevistas se interrumpen o se enredan, el humor aparece como quiebre necesario. Lo que emerge es una forma de resistencia sin épica. Una narrativa que no necesita gritar, pero tampoco callar. Basta con contar.

7.0
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