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Crítica de "Nancy": Camila Peralta es la chica que todo lo limpia

En su ópera prima de ficción, Luciano Zito construye una atmósfera donde la rutina y la soledad hacen del fuera de temporada una trampa emocional. A través de una mirada contenida y observacional, "Nancy" indaga en lo que se calla más que en lo que se dice.

lunes 05 de mayo de 2025

Cuando se van los turistas, lo que queda en la costa no es solo la basura, los restos de bronceador y las sombrillas rotas, sino también una sensación densa de abandono. En Nancy (2025), Luciano Zito (Rawson, 2012) da un salto hacia la ficción con una historia mínima que se instala justo ahí: en ese margen donde la temporada terminó, pero algo todavía no se fue del todo.

Camila Peralta (Puan, Cambio cambio) encarna a Nancy, una empleada doméstica de casas vacías. No hay glamour ni belleza en su oficio: entra y sale de casonas veraniegas como una sombra, borrando huellas ajenas, dejando intacta su propia soledad. La limpieza como acto simbólico: no solo elimina el desorden físico, también intenta borrar las fisuras de una subjetividad en suspensión.

Nancy transita una rutina sin sobresaltos: casas deshabitadas, motos que cortan el viento costero, intercambios lejanos con quienes la emplean. Hasta que lo insignificante deja de serlo: una mancha de sangre y un robo quiebran la rutina. No se necesita un cadáver para hablar de crimen. Zito construye su relato como un thriller atmosférico, donde los signos menores —un ruido fuera de lugar, una mirada persistente, una conversación entrecortada— dibujan la geografía de una amenaza latente, sin necesidad de una alarma explícita.

La irrupción de Juan, interpretado por Luciano Ledesma, desestabiliza el equilibrio forzoso de Nancy. Es un electricista, un hombre común, pero su presencia funciona como un catalizador: lo que parecía soportable deja de serlo. En lugar de resolver algo, el deseo lo complica todo. Y en ese desajuste, Nancy comienza a tambalear.

Zito se apoya en lo que no se muestra, en lo que apenas se insinúa. El fuera de campo es su herramienta narrativa más poderosa. Cada plano parece contener una tensión que no se libera, como si todo el tiempo estuviéramos a punto de descubrir algo, pero eso nunca sucede de manera explícita. Como el mar fuera de temporada: está ahí, inmenso, pero ya nadie lo mira.

Nancy evita el subrayado. No hay discursos, no hay denuncias directas, no hay victimización. Pero sí hay una construcción minuciosa del clima: los sonidos, la luz filtrada, el polvo que se acumula. Todo habla de un mundo interior a punto de colapsar.

El cine de Zito no se apoya en la acción sino en la espera. Su puesta en escena es casi quirúrgica: no dramatiza lo emocional, lo observa. Esa decisión estética tiene consecuencias éticas. No se trata de manipular al espectador, sino de invitarlo a presenciar un desplazamiento íntimo que solo será evidente cuando ya sea demasiado tarde.

En un momento del film, Nancy toma una decisión que cambia todo. No hay estridencia, no hay gritos. Pero el gesto es radical. Y en ese gesto se condensa la fuerza del relato: el acto mínimo que tiene consecuencias irreversibles.

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